lunes, 20 de febrero de 2017

mis tacones

Mis sobrinas mayores casi destrozan mis primeros zapatos de tacón. Por eso los escondí en el altillo de mi armario, como recuerdo de que a los tres años y medio llevé unos salones negros con tira al tobillo con el disfraz de cabaretera.  No fueron una imposición porque al igual que el disfraz rojo, que tantas han reutilizado años más tarde, los elegí yo. Mi afición por el color rojo y las ceremonias relacionadas con la vestimenta vienen de lejos.

En treinta años he tenido tiempo para comprarme diversos zapatos de tacón. Pero no han sido muchos, y jamás he tenido un par de stiletto. Me cansé muy pronto de llevar un par de bailarinas o unas zapatillas en el bolso para cuando salía de fiesta y ya no aguantaba más llevar tacones. Es absurdo cargar con unos zapatos de recambio, y las bailarinas son el tipo de zapato más horrendo que te puedes poner con un pie ancho como el mío –aunque por desgracia he llevado muchas, porque estaban muy de moda cuando tenía veinte años y encima eran la opción más barata. La verdad, si te duelen los pies, el único descanso posible es ponerse unas zapatillas de estar por casa o ir descalza. Lo que me recuerda que me he descalzado muchas veces en el portal y no por evitar hacer ruido. Una no se pone tacones por la comodidad, y como yo creo en la necesaria existencia de la ropa de plancha, no voy a criminalizar este tipo de calzado aunque lo use poco: son muy bonitos, y sentirme más alta es una grata sensación. Los evito porque voy a caminando a todas partes y no me gusta caminar despacio, fijándome todo el tiempo dónde piso (aunque tengo que confesar que siempre me he caído con zapato plano), repitiendo mentalmente lo de “talón, punta, talón, punta, talón, punta”. Ese ejercicio que llamamos “hacer pasillos”.

Estos últimos días mucho se habla de los tacones rojos que Dani Rovira se puso en los Goya para así poder hacer muchos comentarios tontos, el más supino de todos, que lo hacía para sentirse en nuestros zapatos, por solidaridad. Me acordé de la letra de la canción de Depeche Mode, Walking in my shoes. De haber sido esa la intención real, tendría que haberse cambiado de zapatos en cada intervención. A mí me van más las botas de media caña. A mi sobrinas, las zapatillas. A mi vecina del primero sólo la verás en zapatillas de estar por casa.

Si lo que Rovira pretendía era ponerse en nuestro lugar, sentir lo que se siente a diario en nuestra piel, debería haber probado lo siguiente:

1) Dirigirse al público sin micro, mientras muchos ya cotillean entre sí sin prestarle la mínima atención.

2) Tener que soportar que todos los colegas con los que interactúe esa noche hagan una referencia a su cara bonita o sus atributos físicos.

3) Que le pregunten cuándo se casa, para cuándo los niños, o si es cierto el rumor de que sale con X. Que no le pregunten nada sobre qué se siente presentando los Goya o trabajando con X.

4) Tener que aguantar que por el pinganillo no solo le den las instrucciones pertinentes, sino que además le expliquen cosas innecesarias, como qué es una actriz de reparto.

5) Que todos a los que entreviste le interrumpan y se vayan de la cuestión, y en directo le pregunten por el estado marital, o hagan referencia a su cara bonita. Sí, otra vez.

6) Que en todas las revistas pongan a parir su elección de vestuario y calzado, porque fíjate, esos zapatos rojos le sientan como el culo y ese traje le hace gordo (esto no lo digo yo, que quede claro). Porque es que se afea y se viste en su contra (ojalá aquí pudiéramos conjurar el espíritu de Susan Sontag).

Sin embargo, hasta en las críticas sus detractores tienen la decencia de hablar con propiedad: no eran los zapatos, sino el juego peligroso de presentarte aliado del movimiento feminista y hacerle un flaco favor.

Los zapatos de tacón no son importantes. Las mujeres podemos decidir no llevarlos, incluso en una alfombra roja, como tantas veces ha hecho Kristen Stewart.

Puedo decidir no llevar tacones ni maquillarme. En el día a día, cuando salgo de fiesta, cuando tengo un evento. O sí. Llevarlos. Pintarme un smoky eye. Ojalá más decidieran presentarse en la alfombra tal cual van a comprar el pan. Las criticarán, y mucho, quizá hasta se ensañen. De eso también va lo de ser mujer. 

Me podéis llamar una lipstick feminist, porque todas las frivolidades femeninas que se relacionan con imposiciones patriarcales me van mucho. Aunque no creo que estos objetos materiales, estos actos estéticos, son los que me empoderan. He sido presumida desde siempre. Y también me encanta ir despeinada. Y también he invertido en perfume caro hasta cuando era estudiante. Por la misma razón que me abotono hasta el último botón de la camisa y me pongo esas minifaldas que siempre muestran las bragas cuando me agacho en la librería.

Lo que no hizo Dani Rovira es reclamar su derecho a llevar tacones porque le apetecía. No por solidaridad, ni reivindicación fallida, sino por frivolidad, por gusto. Igual que pasa con el maquillaje y las faldas. Me pirra el look tomboy. ¿Acaso no hay hombres a los que les gusta el maquillaje y toda nuestra parafernalia? Si quieren contribuir en la destrucción de los constructos sobre la imagen de cada “sexo”, ahí tenía una vía: «Señores, estos zapatos me los he puesto porque me encantan, porque me veo divino».

Necesitamos vuestra ayuda, y vuestra predisposición, hermanos feministas. Pero no podéis LIDERAR en mayúscula esta lucha. Si de verdad hubiera querido ayudarnos, hacer un bello gesto por nosotras, el señor Rovira tendría que haber cedido públicamente su protagonismo/puesto a una mujer. O haber recortado su guión para cedernos el micro tantas ocasiones como hubiera sido posible.

El silencio que nos han impuesto con violencia solo puede verse recompensando con la equidad. Y en todos estos años que todavía nos esperan hasta la Igualdad, lo primero que deben aprender ellos no es a abrir la boca para que les escuchen otra vez mientras se autoproclaman feministas. Deben actuar y aprender a ceder el sitio, el foco, el protagonismo, el liderazgo.

Que tengáis una buena semana, camaradas.

Pensar en mis primeros tacones me recordó esta foto. Espero que a C no le importe.

lunes, 13 de febrero de 2017

si no te gusta leer, me encantaría escuchar tu opinión

Hay algo que todos los profesionales del mundo editorial estamos haciendo mal: formar a nuevos lectores. Todos reconocemos abiertamente que en nuestro país cada vez se lee menos, y por tanto, de forma lógica, se venden menos libros, y así, todos tenemos la sensación de que a nuestra industria le espera un futuro negro e incierto.

Hablo de industria porque la concepción romántica de literatura no lo engloba todo, y porque aunque sea un sector cultural, sí, camaradas, esto es un negocio que paga facturas, en el que hay clientes y múltiples intermediarios; campañas de márketing que justifican éxitos literarios; pérdidas y nuevos comienzos y, me temo, también muy poco debate y muy pocas soluciones dirigidas a crear nuevos lectores.

«¡Es que cada vez se lee menos!». ¿Y quién tiene la culpa?

La culpa es nuestra. De los que leemos. Y encima vivimos de que otros lean. 

Porque saturamos el mercado, pero la demanda sigue siendo la que es, por ejemplo.

Sé que en nuestra defensa, libreros, editores, comerciales, escritores, periodistas culturales, proveedores, agentes literarios, bibliotecarios, podemos decir que eso de que no creamos lectores es mentira. Que todos hemos tenido a tal amigo y familiar al que hemos inspirado a coger un libro que nos encantaba y ya no pudo parar. Voy más allá, yo siempre he pensado que una de las funciones principales de una librera es intentar refinar a los lectores ya fieles (a mí ya ni me basta con que leas). Pero no somos unos héroes ejemplares que llegan con creces al plan quinquenal, y a veces parece que ni siquiera tenemos claro el objetivo.

Disculpadme que sea dura, es lunes de sinceridad. Os recuerdo que ni siquiera podemos decir que lo del IVA cultural nos está matando, porque el libro tiene un IVA reducido del 4%.

No, hemos fallado estrepitosamente en un aspecto fundamental: en crear un movimiento que nos mantenga a flote, y no a base de malabarismos, sino impulsado por la fuerza de todos los que de repente se apuntan a leer y aportan energías renovadas y nuevos enfoques. ¿No sentís que siempre somos los mismos? La mayoría de las personas, instituciones y empresas que conozco en el sector son rígidas como si nunca fuera a pasar el tiempo.

Y el tiempo ha pasado con nuestro consecuente desprestigio, pues nuestras actividades ya rozan el oscurantismo. Nuestras profesiones parecen destinadas a los sentimentalistas, como si no pudiera haber gente de negocios con grandes ambiciones, sino sólo adictos a las buenas historias. Unos locos románticos con un cierto punto de alienación, para rematar, porque parece que nos movemos únicamente por los intereses de los ávidos lectores, por y para nosotros. Vamos sacando pecho porque impulsamos y defendemos la cultura, pero en realidad somos unos onanistas que pocas veces ven más allá. Los que no leen no existen, ¿verdad?

Casi todas las actividades que organizamos son para lectores ya consagrados, ya sean presentaciones, firmas de autores o clubs de lectura. No hablemos ya de las instituciones, que parecen no estar presentes si no va nuestro cheque por delante. Corrompemos las iniciativas populares en las redes, por ejemplo, enviando a todos los youtubers el mismo libro para reseñar, hasta el punto que parece que los haya que solo viven de reseñas que no se pagan, que los márgenes están fatal. Y a veces yo misma he participado en estas cosas, y creo que debo disculparme sinceramente. Cierto es que hay muy buenos profesionales que lo están dando todo, ni que sea demostrando una auténtica capacidad de resistencia.

Sin embargo, lo estamos haciendo mal. Nos falta la emoción y la pasión por incorporar a todas esas personas nuevas que no leen por motivos que desconocemos. ¿Por qué no leen? ¿Por qué no es esta la mayor de nuestras preocupaciones? ¿Por qué no desmontamos ya los mitos de que leer es aburrido y ciertos libros inaccesibles? Quizá porque en lo más profundo sintamos que el cambio no es posible, y esa conclusión es demasiado triste.

En este sector hay que picar piedra, y aprender mucho de otras revoluciones. Mirad a todos los que se han apuntado recientemente a correr, a todos los que han cambiado sus vidas apuntándose a la alimentación sana. La gente busca mejorar constantemente sus vidas. Nosotros sabemos que convertirse en un lector sería una mejora de vida. Pues creo que no estamos trasmitiendo bien el mensaje, que no somos capaces de convencer al resto de que leer es sano. Leer tendría que ser como el deporte o las verduras a la plancha: aunque no te las comas, sabes que no podrías darle nada mejor a tu cuerpo.

¿Cuántos lectores nuevos vamos a crear en 2017? ¿Qué nuevas propuestas pensamos poner en práctica? ¿Quién tiene ideas en su mano y las herramientas y agentes apropiados para ponerlas en marcha?

Una parte de nuestros esfuerzos tendría que ser la formación desinteresada de nuevos lectores. Sé que dar sin recibir nada a cambio os puede parecer una pérdida de tiempo. Parece que contradigo lo dicho más arriba, que este es nuestro trabajo, nuestro sustento, no solo una afición. Y creo que muchas cosas se han tirado por la borda por ponerlas gratis en la red, o por desmerecer el trabajo remunerado hecho por profesionales (se puede ser profesional sin título, que sí, que no digo lo contrario).

Y encima concluyo de forma vaga y poco definida: mi única aportación tras tanta acusación es instigaros a que os dediquéis a los que no leen. Que los busquéis. Que los conozcáis, aunque os parezca una relación poco satisfactoria. Que indaguéis por qué no quieren leer. ¿Por las lecturas del colegio, porque es demasiada cardio? No tengo respuestas, sólo medias propuestas, como veis. De alguna manera tenemos que copiar a Harvey Milk y reclutar a los no lectores.

La creatividad es adquirida. La creatividad nace del trabajo diario.

Pensemos. Hagamos activismo, y no exagero.

Y si tú no lees nunca, por favor, expresa tu opinión. Que nos enteremos qué falla, o qué falta.   

martes, 24 de enero de 2017

en bratislava

Una vez estuve en Bratislava. Leer Ursula de Rudolf Sloboda me ha hecho recordarlo. Una excursión en tren desde Viena. Seguramente es casualidad, pero siempre que me voy de vacaciones y decido hacer una excursión de un día, me pongo de mala leche. Algo siempre acaba complicando el día. Como la menstruación en Kutna Horá y los deficientes horarios de autobús que te aparcan a las afueras de Praga y ya te apañarás. En Bratislava fue una ola de calor que casi me cocina al sol de las dos de la tarde. Y un poco también la imposibilidad de encontrar agua mineral en el colmado, y de nuevo una estación. La estación principal de tren de Bratislava tiene una fauna a las diez de la mañana que nada tiene que envidiar a King's Cross o la Gare du Nord a medianoche. Al cruzar la frontera, un momento solemne que te hace esperar otra cosa: unos guardias uniformados y de mirada estoica, se respira el pasado comunista. En el tren, un moderno tren austriaco, no habrá aire acondicionado al menos que pagues primera clase. El trayecto dura aproximadamente una hora. Llegamos a los cuarenta grados con la intención de hacer turismo.

Y estos días no puedo dejar de pensar que la novela de Rudolf Sloboda podría haber tenido quinientas páginas y mucha información sobre el régimen comunista de Checoslovaquia. Vuelvo a pensar en aquella excursión a Bratislava. Creo que a pesar de todo, nunca había visto a tanto superhéroe junto.

En vuestra ciudad no habréis visto jamás una máquina expendedora de billetes de autobús de aquellas características. Todavía no habíais nacido. No da cambio, no acepta monedas de 2€. Sólo fuimos capaces de descubrir cómo sacar el billete sencillo. Y nos perdimos. Quizá aquí empezó mi malhumor; yo aguanto bien el calor y caminar durante muchas horas, pero no interpretar mal los mapas, de los que me gusta responsabilizarme, y aparecer en el párking de un centro comercial no era el propósito. Buscábamos el castillo. Quizá hoy hubiera preferido visitar la antigua Matadorka.

Sin embargo, precisamente en aquel aparcamiento encontramos a la primera superheroína. Nos explicó qué autobús tomar. Hablaba inglés perfectamente, la primera en el país, y al despedirnos se apareció en la azotea del centro comercial al que habíamos decidido entrar a por café y cambio. Con la mano izquierda avistaba a lo lejos. Y mientras yo entraba boquiabierta por la puerta, sin poder avisar a mi acompañante de la insólita escalada, desapareció, suponemos que para aparecerse allí donde otros turistas tenían problemas.

Salí de aquel centro comercial con El maestro y Margarita en eslovaco. Yo no sabía nada sobre Rudolf Sloboda, aunque había comprado la traducción de Ursula supuestamente hecha por expertos de la literatura centroeuropea años antes. Es una pena que Rudolf dejara la novela en 140 páginas, y que los traductores usen tan mal el pretérito perfecto compuesto en español. Me imagino todas esas escenas penitenciarias que debió de escribir, y pesan más que esas calles empinadas en el barrio del castillo. Donde encontramos a la villana en un colmado y mi piel se comenzó a quemar.

Aquella mujer quizá también se llamaba Ursula. O Janka. O Blatka. Regentaba su colmado al más puro estilo comunista: la mitad de los estantes estaban vacíos. Ni papa de inglés. “Ohne Gass” tampoco lo quiso entender. Pero al salir de allí con una botella de dos litros, por supuesto con gas, y cuarenta grados, la vi de reojos chascar los dedos y el ruido de una fuente en el interior. Esto no es una comedia de los Strugatsky, nos dijimos, y seguimos adelante. Pero la risa malévola segundos después lo confirmó. Nos fuimos. Para acabar pasando por una calle llena de despojos y un pequeño súper, y volver a equivocarnos y comprar de nuevo agua con gas.

El castillo se encuentra en una cima. Mis piernas, mis brazos, mi frente, tenían muy mala pinta. Rojas, como si le hiciera homenaje a la antigua bandera.

—¿Qué voy a hacer, Y?

Con aquellas dos superheroínas mayores no llegamos a interactuar. Pero las vi esconder los trajes fucsia y verde mosca de superheroínas tras el mostrador en el que cobraban el acceso a los baños. En eslovaco se cuchicheaban cosas, y estoy segura de que era la última jugada en la casa donde un incendio casi acaba con los perros y el niño. Pero allí estaban ellas.

Pensé en todas aquellas emocionantes hazañas mientras contemplábamos el Danubio, y me pareció que una estela fucsia-verde-mosca cruzó el cielo de repente.

El restaurante donde comimos era una adaptación eslovaca de un restaurante cubano. Aquella camarera tenía doble vida sin duda. Le hice una pregunta sobre el menú mientras mentalmente hacía la pregunta clave: Are you a superhero? Y ella no dejó lugar a dudas:

—Yes, of course.

La mujer araña de Bratislava nos sirvió aquellos cocktails porque éramos unas guiris caprichosas. Tendríamos que haber pedido cerveza, como el resto del pueblo. Podríamos haber sido más directas.

Sobre todo, ojalá hubiéramos sido más directas con el Thor eslovaco, que era camarero en una cafetería de librería para modernos. En un barrio céntrico donde proliferaba el arte urbano, un poco escondido, pero latente en cada esquina. No como en Viena, donde estaba todo tan limpio que casi era un poco artificial. Quizá allí los superhéroes se dedicaban a recoger bien la ciudad. Allí tampoco busqué a Rudolf Sloboda, aunque en mi casa tenía a Ursula esperando. Me convencí de que los eslovacos igual tienen un idioma minoritario pero leen mucho, como buen ejemplo de civilización. Si no, no se explicaría ese colorido de ediciones a precios tan razonables.

Aquel camarero hercúleo tenía dentro una enciclopedia, una sabiduría matemática infinita, era un poco como el Doctor Manhattan. Había estado en todos los espacios tiempos posibles de Eslovaquia, incluso cuando todavía era un país abrazado a otro. Se cruzó con Rudolf Sloboda el día que le dijeron que tenía que recortar su obra o atenerse a las consecuencias. Sabe qué tenemos debajo de nuestros pies a kilómetros de profundidad. Y el día exacto en que se acabará la Humanidad. 

También que nos iríamos de allí tras acabar la limonada para no volver jamás.

El sol sobre Bratislava
Y como no podía ser de otra manera, el #ColectivoDetroit empieza el 2017 de forma fantástica. En este ejercicio os proponemos que creéis un texto en el cual intervenga un personaje con un superpoder. Siendo fieles a los principios del Colectivo, podéis interpretar “superpoder" de la manera que más os apetezca. Elegid un superpoder tradicional: volar, superfuerza; o un superpoder Disney: congelar; o un superpoder mucho más difícil de encontrar como la franqueza. 
Ya sabéis cuáles son las instrucciones, ¿verdad? Por si se os han olvidado las dejamos aquí. 

1. Leer el “enunciado” del ejercicio.
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente
3. Escribir lo que te sugiera, pero uno de los personajes debe tener un superpoder.
4. Publícalo en tu espacio
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo. 

No te olvides de pasar por el territorio de Adri, cuyo superpoder es el bello arte de viajar como verdadera ciudadana del Mundo, además de escribir con las vísceras. Así que "En Bratislava" es mi humilde dedicatoria. 

viernes, 6 de enero de 2017

no hagáis dieta

Son estas fechas del año que en nos hacemos tan “buenos” propósitos, y a veces por desgracia, muy mal encaminados. Muchos buenos propósitos están condenados al fracaso, lo que siempre lleva a la frustración. El propósito estrella que más probabilidades tiene de resultar en frustración: hacer dieta. Y luego, no recuperar el peso perdido.

Vivimos en una cultura de la dieta. Pero a falta de una definición oficial consensuada por académicos de peso, traduzco la que dan en EverydayFeminism: «una sociedad tan bombardeada por la propaganda que invita a hacer dieta, en muchas ocasiones  propaganda imperceptible, que afecta la relación con nosotros mismos y los demás».

La cultura de la dieta es además un negocio: de productos light, bajos en grasas, de barritas dietéticas y energéticas, de efectos yoyó, de márketing surrealista, de comprimidos quemagrasas, de aplicaciones para contar calorías, y a lo sumo, de restricciones que se nos venden como la fórmula mágica de la felicidad.

Creedme que si de algo sé es de estar gorda. Porque he estado gorda toda mi vida. Y a dieta varias veces. La primera dieta de 1200 calorías me la preparó un endocrino que a los diez años me preguntó lo siguiente:

—¿Tú verdad que quieres hacer dieta?

Decir que sí me parecía la respuesta adecuada. A los diez años un facultativo me hizo responsable de mi alimentación, cuando ni yo era quien se encargaba de llenar la nevera, ni cocinaba. Y evidentemente cuando yo no era una persona ni adulta, ni lo suficientemente madura, ni racional. Cuando no tenía nada de información. Me hubiera podido decir que engordaba por ingesta de aire o por una enfermedad rarísima y hubiera sido perfectamente creíble. Qué iba a saber yo. Si me hubieran dicho que me tomara no-se-qué, me lo hubiera tomado.

Pero da igual que esto le pase a un adulto. Porque un adulto puede estar igual de desinformado respecto a su alimentación, y actuar por las falsas promesas de la cultura de la dieta. La primera y más reprochable: baja de peso y sé feliz.

No es activismo corporal hacer dieta. Y por eso os digo, aunque vaya un poco en contra de mis principios dar consejos a los demás sobre lo que tienen que hacer y no con sus cuerpos, por favor, no hagáis dieta.

Y de paso, no esperéis a ser una versión más reducida de vosotros mismos para llevar tirantes o minifalda.

No le deis más dinero a esta industria. No pongáis más esfuerzo en esa cortina de humo que os vende un cuerpo idealizado que puede ser vuestro. Y no.

Lo que sí es activismo corporal es informarse de lo que entra en nuestro cuerpo. De dónde viene. Hacernos responsables. Y está claro que no todos somos nutricionistas con título, pero al final es una cuestión de educarse y sentido común. No hemos llegado a esta conclusión antes por toda la desinformación que tenemos a mano y la espiral de comecomecomecome-pero-hay-que-estar-delgados que nos rodea.

Si sentís que no os estáis alimentado bien y que eso puede ser la causa de vuestro aumento de peso, colesterol, disminución de la energía, etc. os tenéis que preguntar lo siguiente: ¿os queréis lo suficiente como para cambiar de hábitos para siempre y vivir mejor? Porque si lo hacéis motivados porque no soportáis el reflejo en el espejo, no va a funcionar. Y menos si vuestra motivación es gustar más a los demás.

¿Estáis preparados para perder kilos y ver que la bajada causará estragos? Porque cuando una va llegando a los 30, el colágeno ya no es el de la adolescencia, y las estrías aparecen para quedarse en lugares inesperados, y vais a perder el pecho que no sabíais que teníais.

Esta vez os hablo de la experiencia. En 2016 he perdido aproximadamente unos 12 kg. (no sabía cuál era el punto de partida, así que el cálculo es aproximado). Toda mi ropa me ha quedado grande. No es ningún drama, cierto, pero tienes que acostumbrarte. He tardado 29 años en hacerme responsable de lo que entraba en mi cuerpo. En negarme en participar en una industria y en una cultura en la que te culpan y te señalan con el dedo por ser obesa pero en el súper te poner productos peligrosos y perjudiciales para la salud. Suerte que todavía existe la SS y no se ha firmado el TTIP.

El documental que me hizo ver la luz y que recomiendo a todo el mundo es Fed Up. Eso es lo que me pasó a mí: que al terminar su visionado me di cuenta de que estaba HARTA de tanta manipulación. De tanto comer mal por inercia.

Tengo suerte de que como soy muy práctica, el cambio de hábitos no fue doloroso. Creo que no tengo una relación demasiado emocional con la comida: si no hay una cosa, pues hay otra. Ya he comido suficiente junk food para esta vida y la próxima. Pero entiendo que haya personas que deban esforzarse más, menos flexibles. Si es tu caso, debes identificar qué es lo que está causando esta relación tan emocional con lo que comes.

Las activistas corporales que tantas veces son acusadas de hacer apología de la obesidad, no tienen en realidad ninguna intención de meterse en vuestra vida privada, ni en vuestra alimentación. Simplemente reclaman la visibilidad que les corresponde, porque los cuerpos no normativos existen, no se pueden negar. Y también es una terapia de choque para retomar nuestra autoestima y voluntad, esenciales para que una mente sana luche por su bienestar en conjunto (el corporal incluido). Sin amor propio no vais a mover ni un dedo por vuestros objetivos, por mejorar vuestra vida, signifique lo que signifique para vosotros “mejorar”.

Pero me juego un meñique a que nadie se ha propuesto llegar a la talla 50 (nadie con una talla inferior, me refiero). Todas las personas gordas han soñado alguna vez con adelgazar, lo han deseado con todas sus fuerzas hasta desearlo de forma enfermiza, y todas han acabado culpándose, martirizándose y ocultándose en un cascarón. ¿Les vais a reprochar que saquen pecho y se empoderen? Me vais a permitir que os diga que sólo una persona gorda sabe lo complicado que es ser gordo en esta sociedad, agravado si eres mujer. La opresión corporal es otro mecanismo capitalista de represión, con el único fin de controlar nuestras vidas. Si no entendéis que haya personas que se revelen, que se radicalicen, y lo combatan, peor para vosotros. Que haya personas que sufren por la gordofobia, por la falta de comprensión, por todas las relaciones abusivas que no se pueden evitar, porque igual las tienes en casa, pues bien, vuestra falta de empatía no es de mi incumbencia.

Como personas gordas, aspirar a ser delgadas es casi una obligación. En mi caso que siempre he sido bebé, niña, adolescente y mujer gorda, la delgadez es casi un concepto abstracto. Delgada es un término que no creo que me podáis aplicar. Ni ahora ni dentro de veinte años. Gorda es la definición más fiel. Pero lo que no me parece tan guay es que me digáis vaga, débil, glotona, perezosa, o sólo guapa de cara. En muchas ocasiones he visto esas miradas de «estás así por gusto. Eres gorda porque no paras de comer. Porque no te mueves». Ni tú estás en mi día a día, no sabes lo que entra en mi nevera, ni te importa lo más mínimo. Eso es por lo que pelean las activistas gordas, para reducir la intromisión en nuestras vidas. Porque fíjate, nuestras vidas gordas son tan nuestras como las vuestras son vuestras.

No hagáis dieta. Pero alimentaros con amor. No os reprimáis de comer algo que os apetezca. Pero volveros un poco sibaritas y mirad dónde va vuestro dinero cuando vayáis a hacer la compra. Mirad de dónde sale vuestra comida. No os conforméis con algo que todo el mundo está de acuerdo en que es basura. Por eso tenéis que aprender a quereros. Porque os merecéis lo mejor. Porque no podéis contribuir con la industria que os martiriza. Sois la cabeza de turco, el chivo expiatorio de la industria alimentaria.

Quizá otra persona pueda hincharse a bebidas carbonatadas y bollería industrial y que no haya consecuencias. Aunque ese porcentaje debe de ser muy pequeño, porque si no salen por kilos, las contraindicaciones salen por otro sitio. Igual tienen unos receptores de la hostia, y lo celebro. Yo he nacido con buen gusto literario y no todo el mundo puedo decir lo mismo ;)

Pero ese ya es otro tema…


p.D: Si alguien necesita info extra o alguna aclaración, o quiere rebatir alguna idea expuesta, adelante, el diálogo nos beneficia a todos y podéis dejarme un comentario más abajo. Much love!