lunes, 20 de marzo de 2017

#ReadEmilyBrönte

He encontrado un documento del pleistoceno hurgando en el correo: una reseña que hice a principios de 2009 sobre Cumbres borrascosas, y en concreto, sobre el personaje de Heathcliff. Como estas semanas estoy un poco falta de inspiración, o quizá en un insólito alarde de romanticismo para ponerle broche a la relectura de este marzo, había pensado en publicarla. Recordad, si estáis leyendo Cumbres borrascosas/Wuthering Heights, utilizad en Twitter el hashtag #ReadEmilyBrönte. Join us!

Pero entonces releí la reseña y se me quitaron las ganas de golpe. La releí varias veces. Y menos mal.

El texto tiene 727 palabras y es más bien un resumen de la novela, o un análisis fallido del carácter de Heathcliff. Si os interesa la psicología, hay muchos estudios que interpretan la novela desde distintas escuelas de pensamiento. Por ejemplo, este artículo de aquí

El estilo y el vocabulario que empleé hacen que sea como mucho un texto digno de Wikipedia, y estoy siendo generosa, porque sólo en la parte inicial parece que voy al grano. Es un intento, o un atentado, de diseccionar la relación entre Heathcliff y Catherine Earnshaw que pone en evidencia la poca profundidad de mis pensamientos entonces, y mis pocos conocimientos de literatura y crítica en general. Todavía  no había pasado por la clase de A. O. en la Universidad, nadie me había puesto en mi sitio respecto a lo de tener criterio de verdad, no sólo aparentarlo, o peor, creer que lo tienes por derecho, porque para eso lees tanto. Las conclusiones que extraje sobre Cumbres borrascosas son tan flojas que casi parece que no tuviera (y es que no las tenía, por supuesto). Siento poneros los dientes largos, pero no voy a subir la reseña.

Y pensar que escribí aquella reseña con la pretensión de que la incluyeran en una revista. No recuerdo el nombre de la publicación, jamás supe si llegó a publicarse (espero que no), ni sé si iba a ser en digital o en papel. Pero fue N. quien me pasó el contacto de A. Parece que es una constante referencia en mi vida últimamente, pero a N. también la conocí a través de Fotolog. Durante una temporada, algunos viernes íbamos al MACBA o nos tomábamos una birra/café en el Escacs. Y es ese tipo de persona que siempre tengo puntos de encontrar en un concierto o en un festival, aunque ya no viva en esta ciudad. A (otra A., no el contacto) y yo quedamos con N. hace casi diez años en un barrio que la guía de Praga comentaba que era un poco chungo. Lo chungo era nuestra habitación comunista en el centro. Lo que me lleva a pesar en el recepcionista ruso que nos tenía enamoradas. Los recuerdos son un bucle, ¿verdad? Es muss sein.

Sin embargo, de vuelta a la reseña, que como documento no tiene precio, no puedo creer haber escrito cosas tan idiotas como (por supuesto que iba a compartir un trocito del pastel con vosotros, ¡cómo no, camaradas!):

«Tras ganar el estatus de clásico que bien se merece» ¿Con su permiso, camarada?

«Sufre de un contigo ni sin ti» Ver tele en los noventa me hizo mucho daño.

«Es el antagonista del enamorado candoroso y servil» Todo el rollo soporífero y chicloso para decir que Heathcliff es un antihéroe, que nada tiene en común con el siempre correcto y contenido Edgar Linton. Más abajo ya se me va la castaña y parece que estoy hasta colgada del personaje.

Sumadle todos los sinónimos inimaginables para demostrar que tenía verborrea, que para eso estaba en Traducción. Adjetivaba como si fuera la próxima académica del Redes.

Sumadle también alguna falta grave que no corregí por falta de revisión, lo que me parece imperdonable como carta de presentación. Ay, es que incluso hay un gerundio de posterioridad, cómo pude. Perdonadme la modernez, pero: ¡mátame camión!

Me he reído mucho, y me he dado cuenta de que he mejorado bastante el estilo. No soy la Kakutani, pero a veces tengo esos momentos de pura euforia ante mis amigos, siempre con algún brebaje sospechoso delante, en el que les suelto algo así como: «si yo sé que escribo MUY bien». Les voy a dar una copia impresa de la reseña sobre Cumbres borrascosas y que me las estampen en la cara la próxima vez que me pase de pedante.

No obstante, ya que estoy aquí, no puedo perder la oportunidad de recomendaros que leáis esta novela, sobre todo si escribís.

Si lográis conjurar la suficiente perspectiva para contemplar ciertas convenciones sociales, y ciertos pasajes que os pueden parecer superfluos, porque evidentemente ya no vais a escribir personajes que actúen así, tendréis una clase magistral sobre sentimientos en papel. Y especialmente sobre el odio y la venganza. No es la historia de (des)amor lo más importante. O quizá para vosotros sí, depende de la lectura que hagáis.

Heathcliff despierta una fascinación especial. Me diréis que como todo los antihéroes. Pero es lo primero que te viene a la cabeza cuando piensas en esta obra. Me pregunto si extrapolado a otra época resultaría tan repulsivo como Humbert Humbert a ojos de la policía de la literatura, que nunca perdona la pedofilia en papel, supongo que por no poder encarcelar o descatalogar al personaje (un apunte: me descoloca la indignación que a veces despierta Lolita. Así que ya aviso y spoiler máximo: frases desgarradoras aparte, que te dejan ¡oh! ¡oh! ¡oh!, Heathcliff es el maltratador que lo es por haber sido maltratado.Y si tiene que usar y engañar a una mujer, pues así procede (Isabella); si tiene que utilizar a su propio hijo y luego dejar que muera, pues también). 

Con todo, es muy difícil que Heathcliff resulte abyecto. Aunque debo confesar que, esta vez, me ha resultado más reprochable. Sobre todo en el último tramo donde culmina su venganza. Como si aquella primera vez me abriera la boca, y ahora tuviera ganas de contestarle a todo, de gritarle un poco. Curiosamente, me ha gustado Edgar Linton como nunca. Pero estamos lejos del páramo.

Emily me enseñó que no puede haber nada más fuerte que el amor que es como las eternas rocas bajo nuestros pies. Donde ella convertida en polvo reposa; ella, que es Heathcliff, y Catherine, y Nelly Dean, y nada en su prosa se parece al follaje de un bosque, pues el paso del tiempo no logra caducarla. Y si no, comprobadlo. #ReadEmilyBrönte:

Te dicen esto y te tienen que hacer luego tres boca a boca, o sales corriendo bien lejos



sábado, 11 de marzo de 2017

sangrar es mi arte

Si hay una artista que todavía recuerdo con total fascinación de la época Fotolog, esa es Cerdaka. Nunca supe su nombre real; la memoria me falla y he olvidado de dónde era, pero fue de las pocas cuentas que seguía con interés cercano a la devoción. Cerdaka fotografiaba compresas manchadas, tampones usados, la sangre en el interior de un váter.

Sublime.

Sé que muchos pueden sentir asco (figurado) al leer a lo que se dedicaba la irreverente Cerdaka. Pero para mí era una artista realista, tan válida y fiel al mundo como quien captura paisajes recónditos o abrazos prohibidos, porque lo que pasa ahí abajo en ciclos de veintiocho días, le pasa a la mitad de la población de la Tierra, y todo lo relacionado con la experiencia colectiva siempre me ha interesado. 

Mi primera regla fue más bien una Anunciación: mi madre lo supo antes que yo. Era una mañana de sábado y todavía tenía la costumbre de dormir con las persianas totalmente bajadas. Entró en mi habitación con mi sobrina de dos años en brazos. Era agosto y llevaba un camisón fino que siempre acababa enrollado por debajo de las axilas. Ella vio primero aquella mancha circular, casi granate, en las bragas: «Uy, te ha bajado la regla». No cabía duda.

Aquella primera regla podríamos decir que se ha convertido en un tema recurrente, ya he perdido la cuenta de las bragas que he manchado, y sigo sin enterarme de cuándo me tiene que venir, pues no se digna en avisar con ningún tipo de molestia hasta que ya es demasiado tarde y noto el primer ¡plof! Quizá porque es tan puntual y periódica tiendo a olvidarme de ella. Bueno, quizá hay algún pinchazo previo, pero tengo que estar concentrada para percibirlo. No tengo queja, me representa porque cumple uno de mis atributos preferidos: es práctica. 

Viene y se va tres o cuatro días más tarde, sin agresiones importantes. En alguna ocasión quizá me doblaría hasta fundirme con mis muslos. Pero de normal prescindo de fármacos, y jamás me ha dejado tirada o impedida.

Sin embargo, yo también pasé por ese periodo de negación tras haber tenido las tres o cuatro primeras reglas. Es un momento de absoluto fastidio y enervación. ¿En serio que tengo que sangrar todos los meses? No te consuela que le den bombo o platillo a lo de ¡ya eres mujer! ¡Felicidades! Solo deseas con todas tus fuerzas que sea una broma. Todo ese confeti moral, esos bailes estúpidos de los anuncios de compresas (menos anuncios y menos IVA también, por favor), «hola, soy tu Menstruación», como si fuera necesario usar márketing agresivo en algo que para nosotras es de primera necesidad. Qué cruz más grande, que alguien detenga esto. Lo veo ahora en J. que acaba de estrenarse. Durante un tiempo pareces resignarte, qué otra cosa puedes hacer. Luego ya entiendes que es tu cuerpo, que eres un ser vivo (¡viva!), y que si no sangrara ahora mismo solamente significaría que me estoy hormonando de forma salvaje.

La regla es mi secreción más tabú. O eso parece pensar esta sociedad. Verán, una mujer mea, caga, moquea, esputa, y sangra. Y lo de sangrar es lo que mejor se le da. Aunque sangrar en esta sociedad patriarcal en que ciertas cosas naturales siguen siendo tabú y conjuran tal rechazo es una arte.

Sangro mientras nos dices a S. y a mí que, por favor, si eso no hablemos de la menopausia antes de la hora de comer. Sangro con disimulo mientras todos los niños se ríen de C. porque ha manchado la silla del pupitre. C. que arreaba unos tortazos que daban gusto, así que luego ya no se mofaron tanto. Sangro haciendo plof, plof, plof silencioso mientras me encargas un libro, o pago en el supermercado, o veo una película, o entreno en la elíptica, o me tiro al mar en la playa de Chernóbil, que está justo al lado de mi casa.

A veces, sangro tan diluido que parece que mi regla haya perdido la opacidad. A veces, expulso coágulos tan espesos que hacemos un Pollock en el suelo de la ducha. A veces, el olor a óxido cuando me levanto por la mañana es del todo perceptible. A veces, mi compañero de almacén aparta la vista porque me paseo de mi bolso al baño con una compresa en la mano. Siempre llevo compresas y tampones desperdigados por el bolso, y a veces, se me han caído intentado sacar las llaves. A veces, no, siempre, me entristece que S. me tenga que pedir una compresa a susurros, como si fuera un canuto o una pastilla de éxtasis. O que resulte casi un contrabando prestar una o que me la presten, que no se enteren  que somos animales que sangran. Eso sí, luego cualquiera te grita por la calle que si tienes un piti.

Y me pregunto por qué vamos a ocultarnos. Quizá debería preguntárselo a Marina Abramovic, que en múltiples ocasiones ha utilizado sangre para alguna instalación. Con eso y con la afición que siente por el dolor, ya os lo podéis imaginar, hay quien la considera satanista y se inventa titulares de auténtica risa.

No siento ningún tipo de repulsión por ver sangre, veo la propia todos los meses. No me da asco mi propia regla, aunque sí, si manchas hay que frotar. Asco me da la grasa de una sopa de caldo de pollo y ternera bien espesita en una fiambrera por lavar. Asco me dan ciertos olores profundos, que salen de cuerpos ajenos, porque el estímulo me provoca sensaciones desagradables en el estómago y las fosas nasales, y aunque me recuerde que son procesos igualmente orgánicos, el asco se vuelve acto reflejo.

No me da asco mi regla, ni me siento asquerosa, ni me siento en ventaja o desventaja. Pero sí que siento gran curiosidad por saber cómo la pasan las demás. Y por si creen que los cambios de humor son justificados y en qué lo notan. Porque yo nunca he sentido nada durante esos días que no haya podido sentir quince días más tarde. Y lo mismo las molestias, no suelen ser nada más especial que tener la mala pata de levantarse un día contracturada de las cervicales. Me levanto peor los días que me pega fuerte la alergia.

Así que por favor, contadme sobre vuestro sangrado, hagamos que esta semana que tanto van a querernos celebrar se hable de un tema que tanto tiempo nos ocupa en nuestras vidas.

"See you" next Monday. Gracias por vuestra atención. 

p.d: Noelia también ha escrito una entrada sobre este tema. ¡Gracias! Si alguien más se une, que me pase el enlace, y lo pondremos aquí ;)

lunes, 27 de febrero de 2017

proyecto relecturas

Mientras escribo estas líneas está sonando una canción idónea de Holy Ghost!, Okay. Y es que tengo que comerme mis palabras de una entrada recientemente pasada, cuando dije que dejaría este espacio para feminismo, el Colectivo Detroit y otras ocurrencias, y menos libros y reseñas, que para eso ya trabajaba de librera, y claro, no me quería ver por aquí “recomendando”, como si en las redes sociales prolongara la jornada laboral. It’s okay.

Sin embargo, prefiero evitar el formato reseña (de momento) porque me aburre. Y hablaros de mi proyecto de relecturas. Long story short: me parecía que cumplir los treinta era un momento cumbre para echar la vista atrás y volver a los libros de la adolescencia y los primeros años universitarios. Y quiero compartir las relecturas con vosotros en Twitter. Así que si estáis por allí, me podéis encontrar como @garymused. Aunque yo creo que casi todo el mundo que ha llegado aquí seguramente sea via Twitter. ¿Alguien en la sala que no?

Hasta ahora hemos hecho dos relecturas: Orlando de Virginia Woolf (#ReleerOrlando) en enero, y El maestro y Margarita de Bulgákov (#VolandIsBack) durante febrero. 

El resultado ha sido muy satisfactorio, hay gente que incluso ha leído ambos libros, como B. ;) Podríamos pasarnos horas hablando de estas obras, a las que a mí me gusta catalogar como de “la otra fantasía”. Lo fantástico fundido en lo cotidiano. No comparten estructura, ni personajes, ni motivo con las obras de género. No te ponen sobre aviso.

Orlando se presenta como una biografía y un repaso de la historia de Inglaterra desde la época isabelina a 1928, pero Orlando (SPOILER) es inmortal, y también cambia de género a media novela. En realidad, Woolf, que la consideró unas vacaciones de la escritura, la ideó pensando en su queridísima Vita Sackville-West, y es una oda a la vida de ésta última.

El maestro y Margarita es mi libro favorito. Lo digo siempre y a todo el mundo, sorry not sorry. Y siempre la resumo de la misma manera para que la gente se atreva con esta historia: Satanás y su séquito llegan al Moscú de los años 30 y empiezan a liarla. Además, incluye una novela histórica dentro de la novela sobre Poncio Pilato. También es metaliteratura pues podemos equiparar a Bulgákov con el Maestro, y a su mujer con Margarita Nikoláevna, a quien debemos poder leerla hoy. Es una sátira sobre el régimen estalinista en el mundo de la literatura y el teatro, un retrato de una ciudad que bulle con actividad cultural, y a la vez donde se reprime el arte intimista y la censura es feroz. Soy demasiado fan de Voland (aunque debería escribirlo con W) y no puedo ser imparcial. 

Y en marzo… My love for Heathcliff is like the eternals rocks beneath!!


Emily a la última moda de volantitos de 2017


Wuthering Heights de Emily Brönte. Todavía recuerdo que M. me convenció por teléfono porque yo pensaba que era una novelita rosa y no me apetecía parada nada (sí, he podido ser muy ignorante):

—Pero qué va, es una novela sobre el odio puro.

La leí en el verano después del primer año de carrera. No la pude soltar durante cuatro días.

El hashtag lo haremos sencillo: #ReadEmilyBrönte.

¿Os uniréis?

Será divertido, lo pasaremos bien. Leeremos buenos libros. 

Os avanzo que en abril tocan Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas. Porque los leí con quince años y me hace gracia leerlos teniendo el doble de edad. Fue uno de los regalos de cumpleaños más bonitos que recuerdo. Quince años tiene mi amor y cinco libros en tapa dura de Dumas. A tus pies, mama.

No vamos a hacer paridad, porque hay un autor que no me quería dejar fuera, así que en mayo tocará Agatha Christie por partida doble. Y aquí abriré una votación para que elijamos los dos títulos. Uno que haya leído, otro que tenga pendiente.

Junio toca volver a Shakespeare. Y volveremos a votar entre todos, porque no me apetece releer las que ya he leído (bastante pocas). 

En julio, sin duda, haremos Little Women de Louise May Alcott, que leí varias veces cuando era niña, pero horror, en una versión abreviada. Así que toca saldar esta cuenta pendiente.

En agosto vuelve una vaca sagrada de la literatura rusa decimonónica. Empieza por D. Estuvo exiliado en Siberia. Escribía por dinero y acababa los manuscritos a toda prisa. Qué de vueltas para nombrar a Dostoievski. Tengo que decidir qué título, yo soy de las que piensan que hay que coger uno de los cortitos para empezar con él, aunque la tentación de leer primero Crimen y castigo sea muy grande. Y si hay algún neófito por ahí que necesite motivación… 

Septiembre será para Mercè Rodoreda y La plaça del diamant. Debo confesar que solamente he leído Mirall trencat y Aloma. Y me da un poquito de vergüenza, ya que es una autora de casa con la que una saca pecho cuando te piden recomendación de autor local en Balmes 129 bis.

Octubre y noviembre son los meses que no tengo muy decididos todavía. Os doy pistas de mis tres opciones, incluso podríamos intentar un triplete:

-Su mamá ha muerto.
-Panta rei.
-Por favor, no veáis la adaptación mala cinematográfica que la original es genial.

Diciembre pone broche final al proyecto con Kafka, seguramente con El proceso.

Iré informando por Twitter de los hashtags de cada mes.

Y ahora, cuatro consejos muy rápidos para leer literatura rusa/quitarse el miedo de una vez/tener excusa para caviar y vodka. Por favor, pongan al coro del Ejército Rojo de fondo:

1) La literatura rusa se lee lentamente. A veces por extensión, otras porque se necesita reflexión y los debidos descansos. Si sois lectores impacientes quizá no sea para vosotros. Pero puede ser toda una experiencia. De verdad, una se tiene que acostumbrar al ritmo. El ritmo en la estepa, incluso en los salones de la alta sociedad moscovita son así, pausados.

2) Para contextualizar, quizá está bien empezar con el siglo XIX y con una de las vacas sagradas. Por ejemplo, como decía nuestra admirada profesora de literatura rusa, de la Troika formada por Tolstoy, Dostoievski o Turguenev. O Gogol o Chéjov si preferís empezar con cuentos. Y por encima de todos estos, EL poeta, Pushkin (me da penita no nombrar a Goncharov porque es muy hardcore).

(ni un nombre femenino, I’m sorry, Ajmatova y amigas llegaron después. Pero empezar con el s. XIX es muy buena opción).

3) Para contextualizar mejor, estará bien que vayáis adquiriendo información de otros aspectos de la cultura rusa: la música, el ballet, la pintura, la gran producción de Mossfilm, etc. Investigad un mapa, o leed cuentos folklóricos rusos para aprender quién es Baba Yagá o Kalabok. Aprended qué es un patronímico. Sin miedo, escuchad el idioma, quizá nunca lo hayáis escuchado. Hay tantos aspectos culturales que conforman el “alma rusa”, que mientras la buscas, catedrales y nuevas palabras como koljós, o sovjós, o samovar y dacha, llegan a tu vida para no marcharse ya. Y entended que Rusia es medio Europa, medio, Asia, gran parte mística y letargo cosaco, y no es solo el país más extenso del mundo, es una federación que tiene dentro Osetia, Chechenia, etc.

4) Podéis confiar en los catálogos de Ediciones Nevsky, Automática Editorial, Acantilado o Galaxia Gutenberg. Y sobre todo, si ya que os ponéis os ponéis, en el Curso de literatura rusa de Vladimir Nabokov (valientes, leedlo en inglés, que es el original).

Os espero en marzo y en los próximos meses en Twitter.

¡Gracias y buena semana! 

p.D: ¡La semana que viene post colaborativo! Une femme? ¿Tienes blog? Pregúntame, estás a tiempo. 


lunes, 20 de febrero de 2017

mis tacones

Mis sobrinas mayores casi destrozan mis primeros zapatos de tacón. Por eso los escondí en el altillo de mi armario, como recuerdo de que a los tres años y medio llevé unos salones negros con tira al tobillo con el disfraz de cabaretera.  No fueron una imposición porque al igual que el disfraz rojo, que tantas han reutilizado años más tarde, los elegí yo. Mi afición por el color rojo y las ceremonias relacionadas con la vestimenta vienen de lejos.

En treinta años he tenido tiempo para comprarme diversos zapatos de tacón. Pero no han sido muchos, y jamás he tenido un par de stiletto. Me cansé muy pronto de llevar un par de bailarinas o unas zapatillas en el bolso para cuando salía de fiesta y ya no aguantaba más llevar tacones. Es absurdo cargar con unos zapatos de recambio, y las bailarinas son el tipo de zapato más horrendo que te puedes poner con un pie ancho como el mío –aunque por desgracia he llevado muchas, porque estaban muy de moda cuando tenía veinte años y encima eran la opción más barata. La verdad, si te duelen los pies, el único descanso posible es ponerse unas zapatillas de estar por casa o ir descalza. Lo que me recuerda que me he descalzado muchas veces en el portal y no por evitar hacer ruido. Una no se pone tacones por la comodidad, y como yo creo en la necesaria existencia de la ropa de plancha, no voy a criminalizar este tipo de calzado aunque lo use poco: son muy bonitos, y sentirme más alta es una grata sensación. Los evito porque voy a caminando a todas partes y no me gusta caminar despacio, fijándome todo el tiempo dónde piso (aunque tengo que confesar que siempre me he caído con zapato plano), repitiendo mentalmente lo de “talón, punta, talón, punta, talón, punta”. Ese ejercicio que llamamos “hacer pasillos”.

Estos últimos días mucho se habla de los tacones rojos que Dani Rovira se puso en los Goya para así poder hacer muchos comentarios tontos, el más supino de todos, que lo hacía para sentirse en nuestros zapatos, por solidaridad. Me acordé de la letra de la canción de Depeche Mode, Walking in my shoes. De haber sido esa la intención real, tendría que haberse cambiado de zapatos en cada intervención. A mí me van más las botas de media caña. A mi sobrinas, las zapatillas. A mi vecina del primero sólo la verás en zapatillas de estar por casa.

Si lo que Rovira pretendía era ponerse en nuestro lugar, sentir lo que se siente a diario en nuestra piel, debería haber probado lo siguiente:

1) Dirigirse al público sin micro, mientras muchos ya cotillean entre sí sin prestarle la mínima atención.

2) Tener que soportar que todos los colegas con los que interactúe esa noche hagan una referencia a su cara bonita o sus atributos físicos.

3) Que le pregunten cuándo se casa, para cuándo los niños, o si es cierto el rumor de que sale con X. Que no le pregunten nada sobre qué se siente presentando los Goya o trabajando con X.

4) Tener que aguantar que por el pinganillo no solo le den las instrucciones pertinentes, sino que además le expliquen cosas innecesarias, como qué es una actriz de reparto.

5) Que todos a los que entreviste le interrumpan y se vayan de la cuestión, y en directo le pregunten por el estado marital, o hagan referencia a su cara bonita. Sí, otra vez.

6) Que en todas las revistas pongan a parir su elección de vestuario y calzado, porque fíjate, esos zapatos rojos le sientan como el culo y ese traje le hace gordo (esto no lo digo yo, que quede claro). Porque es que se afea y se viste en su contra (ojalá aquí pudiéramos conjurar el espíritu de Susan Sontag).

Sin embargo, hasta en las críticas sus detractores tienen la decencia de hablar con propiedad: no eran los zapatos, sino el juego peligroso de presentarte aliado del movimiento feminista y hacerle un flaco favor.

Los zapatos de tacón no son importantes. Las mujeres podemos decidir no llevarlos, incluso en una alfombra roja, como tantas veces ha hecho Kristen Stewart.

Puedo decidir no llevar tacones ni maquillarme. En el día a día, cuando salgo de fiesta, cuando tengo un evento. O sí. Llevarlos. Pintarme un smoky eye. Ojalá más decidieran presentarse en la alfombra tal cual van a comprar el pan. Las criticarán, y mucho, quizá hasta se ensañen. De eso también va lo de ser mujer. 

Me podéis llamar una lipstick feminist, porque todas las frivolidades femeninas que se relacionan con imposiciones patriarcales me van mucho. Aunque no creo que estos objetos materiales, estos actos estéticos, son los que me empoderan. He sido presumida desde siempre. Y también me encanta ir despeinada. Y también he invertido en perfume caro hasta cuando era estudiante. Por la misma razón que me abotono hasta el último botón de la camisa y me pongo esas minifaldas que siempre muestran las bragas cuando me agacho en la librería.

Lo que no hizo Dani Rovira es reclamar su derecho a llevar tacones porque le apetecía. No por solidaridad, ni reivindicación fallida, sino por frivolidad, por gusto. Igual que pasa con el maquillaje y las faldas. Me pirra el look tomboy. ¿Acaso no hay hombres a los que les gusta el maquillaje y toda nuestra parafernalia? Si quieren contribuir en la destrucción de los constructos sobre la imagen de cada “sexo”, ahí tenía una vía: «Señores, estos zapatos me los he puesto porque me encantan, porque me veo divino».

Necesitamos vuestra ayuda, y vuestra predisposición, hermanos feministas. Pero no podéis LIDERAR en mayúscula esta lucha. Si de verdad hubiera querido ayudarnos, hacer un bello gesto por nosotras, el señor Rovira tendría que haber cedido públicamente su protagonismo/puesto a una mujer. O haber recortado su guión para cedernos el micro tantas ocasiones como hubiera sido posible.

El silencio que nos han impuesto con violencia solo puede verse recompensando con la equidad. Y en todos estos años que todavía nos esperan hasta la Igualdad, lo primero que deben aprender ellos no es a abrir la boca para que les escuchen otra vez mientras se autoproclaman feministas. Deben actuar y aprender a ceder el sitio, el foco, el protagonismo, el liderazgo.

Que tengáis una buena semana, camaradas.

Pensar en mis primeros tacones me recordó esta foto. Espero que a C no le importe.