lunes, 27 de marzo de 2017

la anécdota que lo corrobora

Intento no opinar jamás de lo que no sé, o no tengo experiencia.

Por eso voy a contaros una anécdota.

Era agosto y me encontraba en un tren de la R1, como tantas veces, volviendo a casa para comer. Aquella pasajera debía de tener menos de veinte años, a juzgar por su impoluta piel negra. Es el en rostro donde se nos nota lo jóvenes que podemos llegar a ser. Llevaba un vestido gris oscuro hasta los pies, un jersey de punto negro con cuello vuelto y el hiyab, también negro. Había bastante gente en el convoy, pero aun así ella encontró un sitio para sentarse. Y menos mal, pensé para mí. Desprendíamos tanto calor humano que el aire acondicionado era apenas perceptible, y ella estaba visiblemente mareada, una gota de sudor grueso le resbalaba de la sien. Quizá lo correcto hubiera sido preguntarle si se encontraba bien, pero entonces me di cuenta de que su acompañante se plantaba junto a ella, de pie, en chanclas, pantalón corto y camiseta de tirantes; un muchacho de unos quince años. Puede que su hermano, o su primo. Me distrajo este pensamiento al percibir el contraste: «Y no se quita nada, con el calor que debe de estar pasando». Ella, me refiero.

Y es irremediable que alguien se quede con la siguiente conclusión tan mal elaborada: esto aquí no pasa. A nosotras jamás nos ocurriría algo así.

Por eso me pasé tantos veranos llevando vaqueros en vez de falda, o usando una camiseta de tirantes debajo de un top con demasiado escote, ¿verdad? Poned que en mi caso eran los complejos, no mi fe, y a todo el mundo le parecía bien, y ahí podéis ver el doble rasero, o triple, o como queráis llamarle, con el que juzgamos la imagen de las demás.  Aunque qué debe de ser un complejo, sino la propia fe en que hay ciertas cosas prohibidas para ti.

Si como mujer occidental os consideráis más libres que las mujeres musulmanas porque nada os obliga a llevar un velo, realizad el siguiente ejercicio (yo pongo unos ejemplos, pero os animo a buscar los vuestros):

¿Irías el primer día de playa sin depilar axilas e ingles? ¿Por qué mi abuela no salía de casa sin el viso bajo la falda, fuera agosto o febrero? Y siempre las usaba negras. ¿Por qué mi hermana no usa faldas para no mostrar las varices? Y cuando lo comento, la mayoría de las mujeres me contestan que en su caso lo entienden y ellas harían lo mismo. ¿Por qué no te quitas ese sujetador que tanto te aprieta? ¿Por “prevenir” esos hipotéticos dolores de espalda? O por evitar marcar los pezones. Sidenote: en verano, yo siempre sin. 

Mis ejemplos puedes pareceros flojos y triviales. Por eso, invito a que penséis en los vuestros. El hiyab os puede parecer extremo porque no tenéis experiencia, porque seguramente no sois personas religiosas. Entendedme, yo soy atea, y tengo un sueño tan dorado como utópico: despertar una mañana y que todas las religiones hayan perdido vigencia, y sólo se recuerden en el arte y los libros de historia.

Pero no es el caso. Y no es inequívoco decir que el Islam tiene gran presencia en la vida pública en aquellos países donde se practica (como si aquí solo nos quedara el "folklore" de la Semana Santa, y no sintierais el peso del pecado jamás).

Repasando la anécdota del tren, hoy creo de verdad que aquella chica no pensó en ningún momento en quitarse el velo o el jersey, que ni siquiera se le pasó por la cabeza. Quizá tenía mayores preocupaciones que el calor y de ahí la cara de agobio. Como cuando P. ni siquiera pensó en quitarse aquellos tacones tan bonitos de más de diez centímetros, aunque a aquellas horas ya ni podía caminar recta, ni a paso normal. Seguro que aquella chica se quitó el velo nada más llegar a casa, mientras seguía con sus tribulaciones, sin darle importancia, como cuando te quitas la chaqueta.

Que todos los velos del mundo sean feministas

Hace unos días Julia Otero comentaba que el velo es una manifestación de sometimiento de la mujer. Verán, todas las personas que son religiosas están sometidas en mayor o menor medida a su credo. Es un requisito de la fe institucionalizada. Porque, seguía Julia, ya lo dice la activista, abogada y feminista argelina Wassyla Tamzali, que opina que es incompatible ser feminista y llevar velo. Sheila Jeffreys también es una académica y activista feminista, y profesora de ciencias políticas, y opina que tener un orgasmo con un hombre es contribuir con el falocentrismo patriarcal. Tamzali imagino que no debe de ser religiosa. Y Jeffreys es lesbiana, su orientación está en línea con su opinión sobre el falo, cero confrontación por su parte. Así es muy fácil opinar. Así es muy fácil poner ejemplos, Julia. Pero el feminismo es un caleidoscopio, no vale con solo citar un nombre y una opinión que ya te va bien. Tampoco, ya de paso, juzgar la imagen de otra mujer. ¿Qué nos supone que otra mujer lleve velo? Ni me importa/molesta/nada tengo que objetar sobre un velo, ni un teñido rosa fluorescente, ni una minifalda, ni unos tacones, ni unos labios bien rojos. ¿Por qué os incomoda tanto un velo que directamente lo tacháis de sometimiento, y no de la voluntad y fe de quien lo lleva? ¿Y si tu vecina nunca lleva falda ni escote porque su marido no soporta que otros le miren la piel? Esto no os suena, ¿verdad?

Yo cito a Zarqa Nawaz, cuyo libro Laughing all the Way to the Mosque tengo en la mesilla hace tiempo. Voy a leerlo en las próximas semanas. Nawaz es feminista y musulmana y lleva velo. Y quería irse a la Mecca sola con su marido, para tener toda la intimidad (sexo) posible esos días. Si la queréis conocer mejor, y aprender sobre lo que no tenemos experiencia, podéis ver su programa Little Mosque on the Prairie.

O podéis ver esta entrevista de Leena Norms a Ayisha Malick, otra musulmana practicante y feminista, autora de Sofia Khan is Not Obliged:




No somos libres ni del patriarcado ni del capitalismo. Y ciertas críticas a otras realidades sólo evidencian nuestra ignorancia, o falta de experiencia, o nuestra pedante (y petarda) actitud primermundista. Resulta que tú te consuelas  porque vives mucho mejor que las mujeres africanas o asiáticas, y a la mínima que puedes sacas ese dedo de «¡Ves! ¡Ves! ¡Ves! Eso aquí no pasa». ¿Y eso por qué será? ¿Y todas esas cosas que sí que pasan aquí y en la otra punta del mundo? Quizá nos haga falta sacar de la biblioteca algún volumen sobre Historia del colonialismo.  Y patriarcado. Y entender bien que no te puedes consolar ni enmascarar tu propia opresión y limitación de pensamiento con el ejemplo de los demás.

Que tengáis una feliz semana.

And spread love and respect ;)



lunes, 20 de marzo de 2017

#ReadEmilyBrönte

He encontrado un documento del pleistoceno hurgando en el correo: una reseña que hice a principios de 2009 sobre Cumbres borrascosas, y en concreto, sobre el personaje de Heathcliff. Como estas semanas estoy un poco falta de inspiración, o quizá en un insólito alarde de romanticismo para ponerle broche a la relectura de este marzo, había pensado en publicarla. Recordad, si estáis leyendo Cumbres borrascosas/Wuthering Heights, utilizad en Twitter el hashtag #ReadEmilyBrönte. Join us!

Pero entonces releí la reseña y se me quitaron las ganas de golpe. La releí varias veces. Y menos mal.

El texto tiene 727 palabras y es más bien un resumen de la novela, o un análisis fallido del carácter de Heathcliff. Si os interesa la psicología, hay muchos estudios que interpretan la novela desde distintas escuelas de pensamiento. Por ejemplo, este artículo de aquí

El estilo y el vocabulario que empleé hacen que sea como mucho un texto digno de Wikipedia, y estoy siendo generosa, porque sólo en la parte inicial parece que voy al grano. Es un intento, o un atentado, de diseccionar la relación entre Heathcliff y Catherine Earnshaw que pone en evidencia la poca profundidad de mis pensamientos entonces, y mis pocos conocimientos de literatura y crítica en general. Todavía  no había pasado por la clase de A. O. en la Universidad, nadie me había puesto en mi sitio respecto a lo de tener criterio de verdad, no sólo aparentarlo, o peor, creer que lo tienes por derecho, porque para eso lees tanto. Las conclusiones que extraje sobre Cumbres borrascosas son tan flojas que casi parece que no tuviera (y es que no las tenía, por supuesto). Siento poneros los dientes largos, pero no voy a subir la reseña.

Y pensar que escribí aquella reseña con la pretensión de que la incluyeran en una revista. No recuerdo el nombre de la publicación, jamás supe si llegó a publicarse (espero que no), ni sé si iba a ser en digital o en papel. Pero fue N. quien me pasó el contacto de A. Parece que es una constante referencia en mi vida últimamente, pero a N. también la conocí a través de Fotolog. Durante una temporada, algunos viernes íbamos al MACBA o nos tomábamos una birra/café en el Escacs. Y es ese tipo de persona que siempre tengo puntos de encontrar en un concierto o en un festival, aunque ya no viva en esta ciudad. A (otra A., no el contacto) y yo quedamos con N. hace casi diez años en un barrio que la guía de Praga comentaba que era un poco chungo. Lo chungo era nuestra habitación comunista en el centro. Lo que me lleva a pesar en el recepcionista ruso que nos tenía enamoradas. Los recuerdos son un bucle, ¿verdad? Es muss sein.

Sin embargo, de vuelta a la reseña, que como documento no tiene precio, no puedo creer haber escrito cosas tan idiotas como (por supuesto que iba a compartir un trocito del pastel con vosotros, ¡cómo no, camaradas!):

«Tras ganar el estatus de clásico que bien se merece» ¿Con su permiso, camarada?

«Sufre de un contigo ni sin ti» Ver tele en los noventa me hizo mucho daño.

«Es el antagonista del enamorado candoroso y servil» Todo el rollo soporífero y chicloso para decir que Heathcliff es un antihéroe, que nada tiene en común con el siempre correcto y contenido Edgar Linton. Más abajo ya se me va la castaña y parece que estoy hasta colgada del personaje.

Sumadle todos los sinónimos inimaginables para demostrar que tenía verborrea, que para eso estaba en Traducción. Adjetivaba como si fuera la próxima académica del Redes.

Sumadle también alguna falta grave que no corregí por falta de revisión, lo que me parece imperdonable como carta de presentación. Ay, es que incluso hay un gerundio de posterioridad, cómo pude. Perdonadme la modernez, pero: ¡mátame camión!

Me he reído mucho, y me he dado cuenta de que he mejorado bastante el estilo. No soy la Kakutani, pero a veces tengo esos momentos de pura euforia ante mis amigos, siempre con algún brebaje sospechoso delante, en el que les suelto algo así como: «si yo sé que escribo MUY bien». Les voy a dar una copia impresa de la reseña sobre Cumbres borrascosas y que me las estampen en la cara la próxima vez que me pase de pedante.

No obstante, ya que estoy aquí, no puedo perder la oportunidad de recomendaros que leáis esta novela, sobre todo si escribís.

Si lográis conjurar la suficiente perspectiva para contemplar ciertas convenciones sociales, y ciertos pasajes que os pueden parecer superfluos, porque evidentemente ya no vais a escribir personajes que actúen así, tendréis una clase magistral sobre sentimientos en papel. Y especialmente sobre el odio y la venganza. No es la historia de (des)amor lo más importante. O quizá para vosotros sí, depende de la lectura que hagáis.

Heathcliff despierta una fascinación especial. Me diréis que como todo los antihéroes. Pero es lo primero que te viene a la cabeza cuando piensas en esta obra. Me pregunto si extrapolado a otra época resultaría tan repulsivo como Humbert Humbert a ojos de la policía de la literatura, que nunca perdona la pedofilia en papel, supongo que por no poder encarcelar o descatalogar al personaje (un apunte: me descoloca la indignación que a veces despierta Lolita. Así que ya aviso y spoiler máximo: frases desgarradoras aparte, que te dejan ¡oh! ¡oh! ¡oh!, Heathcliff es el maltratador que lo es por haber sido maltratado.Y si tiene que usar y engañar a una mujer, pues así procede (Isabella); si tiene que utilizar a su propio hijo y luego dejar que muera, pues también). 

Con todo, es muy difícil que Heathcliff resulte abyecto. Aunque debo confesar que, esta vez, me ha resultado más reprochable. Sobre todo en el último tramo donde culmina su venganza. Como si aquella primera vez me abriera la boca, y ahora tuviera ganas de contestarle a todo, de gritarle un poco. Curiosamente, me ha gustado Edgar Linton como nunca. Pero estamos lejos del páramo.

Emily me enseñó que no puede haber nada más fuerte que el amor que es como las eternas rocas bajo nuestros pies. Donde ella convertida en polvo reposa; ella, que es Heathcliff, y Catherine, y Nelly Dean, y nada en su prosa se parece al follaje de un bosque, pues el paso del tiempo no logra caducarla. Y si no, comprobadlo. #ReadEmilyBrönte:

Te dicen esto y te tienen que hacer luego tres boca a boca, o sales corriendo bien lejos



sábado, 11 de marzo de 2017

sangrar es mi arte

Si hay una artista que todavía recuerdo con total fascinación de la época Fotolog, esa es Cerdaka. Nunca supe su nombre real; la memoria me falla y he olvidado de dónde era, pero fue de las pocas cuentas que seguía con interés cercano a la devoción. Cerdaka fotografiaba compresas manchadas, tampones usados, la sangre en el interior de un váter.

Sublime.

Sé que muchos pueden sentir asco (figurado) al leer a lo que se dedicaba la irreverente Cerdaka. Pero para mí era una artista realista, tan válida y fiel al mundo como quien captura paisajes recónditos o abrazos prohibidos, porque lo que pasa ahí abajo en ciclos de veintiocho días, le pasa a la mitad de la población de la Tierra, y todo lo relacionado con la experiencia colectiva siempre me ha interesado. 

Mi primera regla fue más bien una Anunciación: mi madre lo supo antes que yo. Era una mañana de sábado y todavía tenía la costumbre de dormir con las persianas totalmente bajadas. Entró en mi habitación con mi sobrina de dos años en brazos. Era agosto y llevaba un camisón fino que siempre acababa enrollado por debajo de las axilas. Ella vio primero aquella mancha circular, casi granate, en las bragas: «Uy, te ha bajado la regla». No cabía duda.

Aquella primera regla podríamos decir que se ha convertido en un tema recurrente, ya he perdido la cuenta de las bragas que he manchado, y sigo sin enterarme de cuándo me tiene que venir, pues no se digna en avisar con ningún tipo de molestia hasta que ya es demasiado tarde y noto el primer ¡plof! Quizá porque es tan puntual y periódica tiendo a olvidarme de ella. Bueno, quizá hay algún pinchazo previo, pero tengo que estar concentrada para percibirlo. No tengo queja, me representa porque cumple uno de mis atributos preferidos: es práctica. 

Viene y se va tres o cuatro días más tarde, sin agresiones importantes. En alguna ocasión quizá me doblaría hasta fundirme con mis muslos. Pero de normal prescindo de fármacos, y jamás me ha dejado tirada o impedida.

Sin embargo, yo también pasé por ese periodo de negación tras haber tenido las tres o cuatro primeras reglas. Es un momento de absoluto fastidio y enervación. ¿En serio que tengo que sangrar todos los meses? No te consuela que le den bombo o platillo a lo de ¡ya eres mujer! ¡Felicidades! Solo deseas con todas tus fuerzas que sea una broma. Todo ese confeti moral, esos bailes estúpidos de los anuncios de compresas (menos anuncios y menos IVA también, por favor), «hola, soy tu Menstruación», como si fuera necesario usar márketing agresivo en algo que para nosotras es de primera necesidad. Qué cruz más grande, que alguien detenga esto. Lo veo ahora en J. que acaba de estrenarse. Durante un tiempo pareces resignarte, qué otra cosa puedes hacer. Luego ya entiendes que es tu cuerpo, que eres un ser vivo (¡viva!), y que si no sangrara ahora mismo solamente significaría que me estoy hormonando de forma salvaje.

La regla es mi secreción más tabú. O eso parece pensar esta sociedad. Verán, una mujer mea, caga, moquea, esputa, y sangra. Y lo de sangrar es lo que mejor se le da. Aunque sangrar en esta sociedad patriarcal en que ciertas cosas naturales siguen siendo tabú y conjuran tal rechazo es una arte.

Sangro mientras nos dices a S. y a mí que, por favor, si eso no hablemos de la menopausia antes de la hora de comer. Sangro con disimulo mientras todos los niños se ríen de C. porque ha manchado la silla del pupitre. C. que arreaba unos tortazos que daban gusto, así que luego ya no se mofaron tanto. Sangro haciendo plof, plof, plof silencioso mientras me encargas un libro, o pago en el supermercado, o veo una película, o entreno en la elíptica, o me tiro al mar en la playa de Chernóbil, que está justo al lado de mi casa.

A veces, sangro tan diluido que parece que mi regla haya perdido la opacidad. A veces, expulso coágulos tan espesos que hacemos un Pollock en el suelo de la ducha. A veces, el olor a óxido cuando me levanto por la mañana es del todo perceptible. A veces, mi compañero de almacén aparta la vista porque me paseo de mi bolso al baño con una compresa en la mano. Siempre llevo compresas y tampones desperdigados por el bolso, y a veces, se me han caído intentado sacar las llaves. A veces, no, siempre, me entristece que S. me tenga que pedir una compresa a susurros, como si fuera un canuto o una pastilla de éxtasis. O que resulte casi un contrabando prestar una o que me la presten, que no se enteren  que somos animales que sangran. Eso sí, luego cualquiera te grita por la calle que si tienes un piti.

Y me pregunto por qué vamos a ocultarnos. Quizá debería preguntárselo a Marina Abramovic, que en múltiples ocasiones ha utilizado sangre para alguna instalación. Con eso y con la afición que siente por el dolor, ya os lo podéis imaginar, hay quien la considera satanista y se inventa titulares de auténtica risa.

No siento ningún tipo de repulsión por ver sangre, veo la propia todos los meses. No me da asco mi propia regla, aunque sí, si manchas hay que frotar. Asco me da la grasa de una sopa de caldo de pollo y ternera bien espesita en una fiambrera por lavar. Asco me dan ciertos olores profundos, que salen de cuerpos ajenos, porque el estímulo me provoca sensaciones desagradables en el estómago y las fosas nasales, y aunque me recuerde que son procesos igualmente orgánicos, el asco se vuelve acto reflejo.

No me da asco mi regla, ni me siento asquerosa, ni me siento en ventaja o desventaja. Pero sí que siento gran curiosidad por saber cómo la pasan las demás. Y por si creen que los cambios de humor son justificados y en qué lo notan. Porque yo nunca he sentido nada durante esos días que no haya podido sentir quince días más tarde. Y lo mismo las molestias, no suelen ser nada más especial que tener la mala pata de levantarse un día contracturada de las cervicales. Me levanto peor los días que me pega fuerte la alergia.

Así que por favor, contadme sobre vuestro sangrado, hagamos que esta semana que tanto van a querernos celebrar se hable de un tema que tanto tiempo nos ocupa en nuestras vidas.

"See you" next Monday. Gracias por vuestra atención. 

p.d: Noelia también ha escrito una entrada sobre este tema. ¡Gracias! Si alguien más se une, que me pase el enlace, y lo pondremos aquí ;)

lunes, 27 de febrero de 2017

proyecto relecturas

Mientras escribo estas líneas está sonando una canción idónea de Holy Ghost!, Okay. Y es que tengo que comerme mis palabras de una entrada recientemente pasada, cuando dije que dejaría este espacio para feminismo, el Colectivo Detroit y otras ocurrencias, y menos libros y reseñas, que para eso ya trabajaba de librera, y claro, no me quería ver por aquí “recomendando”, como si en las redes sociales prolongara la jornada laboral. It’s okay.

Sin embargo, prefiero evitar el formato reseña (de momento) porque me aburre. Y hablaros de mi proyecto de relecturas. Long story short: me parecía que cumplir los treinta era un momento cumbre para echar la vista atrás y volver a los libros de la adolescencia y los primeros años universitarios. Y quiero compartir las relecturas con vosotros en Twitter. Así que si estáis por allí, me podéis encontrar como @garymused. Aunque yo creo que casi todo el mundo que ha llegado aquí seguramente sea via Twitter. ¿Alguien en la sala que no?

Hasta ahora hemos hecho dos relecturas: Orlando de Virginia Woolf (#ReleerOrlando) en enero, y El maestro y Margarita de Bulgákov (#VolandIsBack) durante febrero. 

El resultado ha sido muy satisfactorio, hay gente que incluso ha leído ambos libros, como B. ;) Podríamos pasarnos horas hablando de estas obras, a las que a mí me gusta catalogar como de “la otra fantasía”. Lo fantástico fundido en lo cotidiano. No comparten estructura, ni personajes, ni motivo con las obras de género. No te ponen sobre aviso.

Orlando se presenta como una biografía y un repaso de la historia de Inglaterra desde la época isabelina a 1928, pero Orlando (SPOILER) es inmortal, y también cambia de género a media novela. En realidad, Woolf, que la consideró unas vacaciones de la escritura, la ideó pensando en su queridísima Vita Sackville-West, y es una oda a la vida de ésta última.

El maestro y Margarita es mi libro favorito. Lo digo siempre y a todo el mundo, sorry not sorry. Y siempre la resumo de la misma manera para que la gente se atreva con esta historia: Satanás y su séquito llegan al Moscú de los años 30 y empiezan a liarla. Además, incluye una novela histórica dentro de la novela sobre Poncio Pilato. También es metaliteratura pues podemos equiparar a Bulgákov con el Maestro, y a su mujer con Margarita Nikoláevna, a quien debemos poder leerla hoy. Es una sátira sobre el régimen estalinista en el mundo de la literatura y el teatro, un retrato de una ciudad que bulle con actividad cultural, y a la vez donde se reprime el arte intimista y la censura es feroz. Soy demasiado fan de Voland (aunque debería escribirlo con W) y no puedo ser imparcial. 

Y en marzo… My love for Heathcliff is like the eternals rocks beneath!!


Emily a la última moda de volantitos de 2017


Wuthering Heights de Emily Brönte. Todavía recuerdo que M. me convenció por teléfono porque yo pensaba que era una novelita rosa y no me apetecía parada nada (sí, he podido ser muy ignorante):

—Pero qué va, es una novela sobre el odio puro.

La leí en el verano después del primer año de carrera. No la pude soltar durante cuatro días.

El hashtag lo haremos sencillo: #ReadEmilyBrönte.

¿Os uniréis?

Será divertido, lo pasaremos bien. Leeremos buenos libros. 

Os avanzo que en abril tocan Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas. Porque los leí con quince años y me hace gracia leerlos teniendo el doble de edad. Fue uno de los regalos de cumpleaños más bonitos que recuerdo. Quince años tiene mi amor y cinco libros en tapa dura de Dumas. A tus pies, mama.

No vamos a hacer paridad, porque hay un autor que no me quería dejar fuera, así que en mayo tocará Agatha Christie por partida doble. Y aquí abriré una votación para que elijamos los dos títulos. Uno que haya leído, otro que tenga pendiente.

Junio toca volver a Shakespeare. Y volveremos a votar entre todos, porque no me apetece releer las que ya he leído (bastante pocas). 

En julio, sin duda, haremos Little Women de Louise May Alcott, que leí varias veces cuando era niña, pero horror, en una versión abreviada. Así que toca saldar esta cuenta pendiente.

En agosto vuelve una vaca sagrada de la literatura rusa decimonónica. Empieza por D. Estuvo exiliado en Siberia. Escribía por dinero y acababa los manuscritos a toda prisa. Qué de vueltas para nombrar a Dostoievski. Tengo que decidir qué título, yo soy de las que piensan que hay que coger uno de los cortitos para empezar con él, aunque la tentación de leer primero Crimen y castigo sea muy grande. Y si hay algún neófito por ahí que necesite motivación… 

Septiembre será para Mercè Rodoreda y La plaça del diamant. Debo confesar que solamente he leído Mirall trencat y Aloma. Y me da un poquito de vergüenza, ya que es una autora de casa con la que una saca pecho cuando te piden recomendación de autor local en Balmes 129 bis.

Octubre y noviembre son los meses que no tengo muy decididos todavía. Os doy pistas de mis tres opciones, incluso podríamos intentar un triplete:

-Su mamá ha muerto.
-Panta rei.
-Por favor, no veáis la adaptación mala cinematográfica que la original es genial.

Diciembre pone broche final al proyecto con Kafka, seguramente con El proceso.

Iré informando por Twitter de los hashtags de cada mes.

Y ahora, cuatro consejos muy rápidos para leer literatura rusa/quitarse el miedo de una vez/tener excusa para caviar y vodka. Por favor, pongan al coro del Ejército Rojo de fondo:

1) La literatura rusa se lee lentamente. A veces por extensión, otras porque se necesita reflexión y los debidos descansos. Si sois lectores impacientes quizá no sea para vosotros. Pero puede ser toda una experiencia. De verdad, una se tiene que acostumbrar al ritmo. El ritmo en la estepa, incluso en los salones de la alta sociedad moscovita son así, pausados.

2) Para contextualizar, quizá está bien empezar con el siglo XIX y con una de las vacas sagradas. Por ejemplo, como decía nuestra admirada profesora de literatura rusa, de la Troika formada por Tolstoy, Dostoievski o Turguenev. O Gogol o Chéjov si preferís empezar con cuentos. Y por encima de todos estos, EL poeta, Pushkin (me da penita no nombrar a Goncharov porque es muy hardcore).

(ni un nombre femenino, I’m sorry, Ajmatova y amigas llegaron después. Pero empezar con el s. XIX es muy buena opción).

3) Para contextualizar mejor, estará bien que vayáis adquiriendo información de otros aspectos de la cultura rusa: la música, el ballet, la pintura, la gran producción de Mossfilm, etc. Investigad un mapa, o leed cuentos folklóricos rusos para aprender quién es Baba Yagá o Kalabok. Aprended qué es un patronímico. Sin miedo, escuchad el idioma, quizá nunca lo hayáis escuchado. Hay tantos aspectos culturales que conforman el “alma rusa”, que mientras la buscas, catedrales y nuevas palabras como koljós, o sovjós, o samovar y dacha, llegan a tu vida para no marcharse ya. Y entended que Rusia es medio Europa, medio, Asia, gran parte mística y letargo cosaco, y no es solo el país más extenso del mundo, es una federación que tiene dentro Osetia, Chechenia, etc.

4) Podéis confiar en los catálogos de Ediciones Nevsky, Automática Editorial, Acantilado o Galaxia Gutenberg. Y sobre todo, si ya que os ponéis os ponéis, en el Curso de literatura rusa de Vladimir Nabokov (valientes, leedlo en inglés, que es el original).

Os espero en marzo y en los próximos meses en Twitter.

¡Gracias y buena semana! 

p.D: ¡La semana que viene post colaborativo! Une femme? ¿Tienes blog? Pregúntame, estás a tiempo.