lunes, 15 de agosto de 2016

Colectivo Detroit: cerramos por vacaciones

El #ColectivoDetroit pulsa el botón de pause durante dos semanas. Nos vamos de vacaciones a vivir cosas sobre las que escribir.
 
Además, estamos trabajando para introducir mejoras en el Colectivo, como ponerle cara, abrir un Facebook para mejorar la organización de los ejercicios y diseñar una plataforma en la que podáis enviar propuestas y dudas (¡todo llegará!).


Volveremos el 30/8 con un nuevo ejercicio. Hasta entonces podéis emplear estas dos semanas para tomaros un respiro, o aprovechar para poneros al día con ejercicios atrasados.


Muchas gracias por todo vuestro apoyo, ilusión e imaginación.


Love,


Adri & Jen 



viernes, 12 de agosto de 2016

stop boicot

Escribo esto porque yo también lo necesito. Porque tras toda una vida de patriarcado, te acabas creyendo el discurso oficial, y empoderarse es un proceso que no culmina de un día para otro. Escribo esto con la esperanza de que sea mínimamente útil. Porque el profesor O. siempre decía que cuando eras capaz de verbalizar un concepto, entonces lo habías entendido de verdad. Así que yo necesito decírmelo a mí misma otra vez, y de vez en cuando: Creo en mí. Me quiero a mí misma. Me acepto. Sin ningún tipo de condición. Sólo con el amor total nos procuraremos lo mejor. Si percibimos nuestro reflejo como un enemigo, o si evitamos mirar, no moveremos ni un dedo por nuestro bienestar mental o anímico, ni tampoco físico.

Y sobre todo, y esto es lo que necesito repetirme en voz alta por enésima vez: frena un poco y disfruta de la sensación. Ahora que sientes esta buena sensación sobre ti misma.  No te exijas tanto. Afloja.

Siempre he sido una persona muy exigente. A mí me gusta decir eso de que hay dos formas de hacer las cosas: hacerlas bien, o no hacerlas. En el trabajo, en los estudios, en lo personal, la única opción era dar lo mejor de mí misma. Llevo días pensando que a veces no soy capaz de notar lo dura que soy conmigo misma, de lo dura que soy de por sí. Y por supuesto, aunque he aprendido que los demás fallan y tú también fallas a los demás, y eso me ha hecho vivir más en paz estos últimos años, parece que no he gastado el último cartucho de la exigencia personal: el boicot. El boicot es como cuando tiras un boomerang y vuelve.

Lo estoy trabajando. No sabéis qué liberador ha sido dejar de boicotearme por la imagen (bye, bye complejos). Cuánta tranquilidad. Pero el esfuerzo ha sido diario. Es diario.  Ahora sólo me falta estar alerta con las sutilezas que a veces me frenan, con el efecto rebote de algunas cosas. Las podría llamar mis "microexigencias", creando un paralelismo con los microsexismos. El “pero” insidioso. La duda en el momento menos esperando. La crítica voraz y visceral cuando alguna cosa sale mal y pienso que no he estado a la altura, y no me ha dado tiempo a ganar perspectiva. M. ya me lo dijo una vez: «Jota, si la cagas, escucha la corrección que te puedan hacer y sigue tu camino». Yes, please. Pero a veces no lo puedo evitar. Porque es parte de mi carácter. A mí siempre me motivó más la bronca del profesor que las felicitaciones. Por eso tengo que hacer este ejercicio de decir en voz alta: date un respiro

Sin embargo,  creo oportuno ponerlo por escrito y compartirlo –I. tiene toda la razón, debería ya de ponerme con el libro de autoayuda. Repasemos las tres formas de boicotearse que debemos combatir, por injustas y crueles, y totalmente injustificadas. Es fácil agarrarse al «yo soy así, y así seguiré». Pues veréis, a mí me gustaría ser menos salvaje conmigo misma si puede ser. Porque yo soy así también gracias/por culpa de las circunstancias. ¿Cuántas construcciones sociales y comportamientos aprendidos cargamos a la espalda?

Las tres fases del boicot:

1) Si alguien nos dice: «qué guapa eres», o «qué bien te queda esa falda», o «¡qué bien te sienta el pelo rubio!», en resumen, si alguien nos echa un piropo bien hecho, respetuoso y sincero, vamos a aceptarlo y dar las gracias. Y bajo ningún concepto contestaremos a esa persona con algo como: «¡qué va!», «¡ya será menos!» o «¡tú que me ves con buenas ojos!». Yo aprendí a aceptar los piropos gracias a la maravillosa activista británica Leah de Love Leah. Si podéis leer en inglés, os la recomiendo muy encarecidamente. Por algún extraño motivo, cada vez que alguien me decía «oye, qué guapa», yo contestaba con algo así como: «pues me ha costado cuatro duros», o «hace mil que lo tengo». Y veréis, no estaban hablando de mi ropa, o sí, y quitarle el hierro al asunto era en ocasiones hasta ridículo. Porque a veces las excusas parecen metidas con calzador. Con un gracias –que también puede ser irónico si la ocasión lo requiere- es difícil no acertar.

2) Si alguien nos dice: «tengo ganas de verte», o «qué bien me lo he pasado contigo», o directamente, «cómo me gustas», esa persona quiere verte, se lo ha pasado bien contigo, y le gustas. Y no hay nada mejor que el que te lo digan así, porque a mí las indirectas me cuestan ,por ejemplo. Aunque pueda parecerse a nuestro punto número uno, este tipo de aseveraciones son más profundas. Y negarlas no pone en duda la capacidad visual de esa persona, sino directamente su opinión y sus gustos. Así que nada de creer que nos hacen un favor por querer nuestro tiempo, o por desearnos, A PESAR DE NUESTROS CUERPOS NO NORMATIVOS. Y lo mismo va por el carácter. Si gusta vuestra forma de ser, es con todo. No os esforcéis en mostraros de una forma que no es la natural. Aunque no lo creáis, la gente es valiente y dice lo que piensa, sobre todo en positivo.    

3) Y así llegamos al punto tres, el mundo al revés: también tenemos derecho y debemos decirle a los demás que es lo que nos gusta de ellos; que nos apetece quedar, que los valoramos, que nos encanta la compañía. Decidlo. No seamos pasivos en esto. Mejor fuera que dentro. La naturaleza os ha dado una boca para expresar lo que os pasa por la cabeza. Esto es lo que más cuesta, y lo que más os va a pesar si os lo guardáis. ¿Qué puede pasar si mostráis la alegría de que os guste alguien, os haga sentir bien, etc? Ni tsunami ni hecatombe. Salga bien o mal, el pulso os va a seguir funcionando, e igual la vida es un pelín más emocionante. Y vais a querer que esa persona os crea, os sonría, y paséis a veros con frecuencia ;)

Nada ni nadie se rompe por sentir cosas agradables. Y no miréis el reloj, ni penséis tanto en mañana, ni en los próximos veinte años.

Pero si os boicoteáis con frecuencia, agarraros a la esperanza de que vais a cambiar el mal hábito y dentro de un tiempo lo haréis menos, y un día, todo habrá terminado.

Gracias por leer este post. Lo he escrito porque yo también necesitaba recordármelo. Ya me siento mucho más ligera.

Have a nice weekend, y un fuerte abrazo.  


martes, 9 de agosto de 2016

Colectivo Detroit: sangre

sangre: ( del latín «sanguis, -iniss») 5. f. La que sale de mí durante tres días, cuatro a lo sumo, en ciclos constantes que nunca apunto en el calendario. La que en las últimas horas me hace sentir bote de kétchup casi vacío –y yo espero que nadie se percate del estrépito cuando me vacío. Es hablar con cualquiera mientras me escurro, levantarme de la silla, preparar el desayuno, o llamar por teléfono, y sonreír al cliente, mientras goteo. Es una visión oxidada de mis restos en la celulosa que estoy a punto de tirar. Es la abundancia que arrastro en el papel higiénico. Más granate que roja. Son pegotes. *Menstruación, *regla, *periodo, *la tía María (en desuso). Es consuelo de todas. Es cuando me hice mujer, eso me dijeron. Más que por la aceptación animal de un hombre –y yo que siempre pensé que había sido obra de mi cerebro.


Obviously doctor, you've never been a 13-year-old girl

Los diccionarios son herramientas de compañía del escritor, pero también podrían llegar a ser verdaderos enemigos si el escritor se dejase limitar por las restringidas acepciones de las palabras que se recogen en los diccionarios. El buen escritor, teniendo un conocimiento del significado y uso básicos de una palabra, es capaz de dotarla de todo lo necesario para navegar en contextos muy diferentes y adquirir todos las connotaciones necesarias para sobrevivir en el medio. 

El ejercicio de esta semana consiste en definir una palabra de uso cotidiano. Puedes optar por el formato que quieras ( definición-descripción, entrada de diccionario, transcripción oral de una explicación... ). Ademas, en esta ocasión hemos limitado el ejercicio a un máximo de 150 palabras. 

La palabra seleccionada es sangre, ha sido la elegida por vosotros entre tres opciones salidas al azar de la obra que llevábamos en el bolso en ese momento. Atrévete a enriquecer su entrada de diccionario participando esta semana en el #ColectivoDetroit. ¿Cómo? 

1. Leer el “enunciado” del ejercicio.
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente.
3. Escribir lo que te sugiera.
4. Publícalo en tu espacio.
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo.

No olvides compartir el proyecto #ColectivoDetroit, se trata de que cada vez podamos leer más ejercicios, compartir la experiencia, y aprender un@s de otr@s.

martes, 2 de agosto de 2016

momentos felices

Todo empieza en 1970. M. tiene entonces 18 años y su hija mayor es todavía muy pequeña. (Se sienta en el sofá, sonríe mientras rememora lo que está a punto de relatar):

—Pues mira, estar sola con mi hija mayor en casa de mis padres. Él estaba haciendo la mili (“él” es su marido, padre de la criatura).  Me iba con mi tía al centro de compras (la tía L.). Íbamos en el autobús, y entonces no se podían subir cochecitos, así que L. siempre llevaba a C. en brazos. Yo no podía con ella. (M. siempre ha sido de constitución pequeña). Íbamos a Santa Caterina, a Portal del Ángel, calle Pelayo arriba…

Me las imagino todas aquellas tardes con ropa de plancha. Con las calles rotuladas de distinta manera en aquellas fechas. Con el monedero lleno de pesetas. Espacios conocidos en los que pasean gente que ya no existe.

Y ahora es aproximadamente 1994-1995. Esta M. tiene poco más de 20 años. Ella no lo sabe, se lo tengo que decir, porque lo que me cuenta es un momento tan Virginia Woolf, que la hago sonreír, y ella a mí.  Bueno, yo voy a sonreírme todo el tiempo, porque esta experiencia también la he tenido, ese momento en el que abres la puerta de una estancia y es tuya. Con el tiempo te das cuenta de que compartir no era tan terrible, no había monstruos debajo de la cama. Pero no es lo mismo que «tener por fin una habitación propia, con mis cosas bien ordenadas, todo en su sitio bien colocado. Y comprada por mí». A mí también me gusta que se respete mi caos. Y como a M., siempre me ha dado mucha satisfacción costearme mis cosas (Me reitera varias veces que todavía conserva aquellos muebles, y que I. los  utiliza. I. es su hijo).

J. no recuerda bien si esto pasó exactamente en el año 2000, aunque le ha dado varias vueltas. Podría haber elegido otra fecha, pero me gusta la idea de marcar el inicio del milenio. J. cree que fue ese año cuando recogió el título de Bachillerato. Un buen momento. Porque era la primera vez que conseguía algo importante. Ese día se reencontraría por casualidad con su profesor preferido, por quien seguramente acabó estudiando Historia. Esto no me lo dice con la voz baja porque me lo ha escrito. Reconoce que quizá es un poco hortera, pero que su padre se molestara en encargar un marco a medida para colgar el título de Bachillerato en su habitación fue bonito, porque él (él es el progenitor) no es muy dado a las palabras, y a pesar de que no lo dijera, se notaba que estaba orgulloso. J. piensa que esta situación es el tópico del hijo que busca la aceptación por parte del padre. Aquí no tenemos partidos de béisbol como en USA, pero algo de eso siempre hay. Y además teniendo en cuenta que J. y su padre habían discutido algunos años antes de forma que a J. se le quedó grabada la disputa, aquel gesto de bricolaje era la metáfora de una herida ya curada.

Tiradas en la playa un domingo, K. me cuenta que en 2006 aprendió a conducir. He repetido año con G., que me escribe lo siguiente:

Acababa de mudarme a Madrid y salí a comprar ropa por mi cuenta. En realidad iba acompañado por mi compañero de piso, pero al menos no era mi madre. Aquel día compré un abrigo de otoño que me estaba algo grande y un gorro para el invierno.

Me gustan todas las historias sobre emancipación.

Y me encanta lo rápida que fue C. cuando le pregunté por 2011. No dudó un segundo y me respondió por mensaje lo que introduzco con guión:

—Es cuando conocí a A. En la presentación de un libro. Me la presentaron otras blogueras. Ella tan pelirroja y super dulce, y no sabía que iba a ser una de mis mejores amigas.

Como yo no sabía que T., a la que todavía conozco poco, me contaría que en 2013 descubrió a seis mil seiscientos y dos kilómetros de aquí que el amor a primera vista, o mejor dicho, de primera cita, existe.

El recuerdo feliz más reciente es el del año pasado, cuando a I. le dieron el alta médica del cáncer de útero. Y también la del posible cáncer de pecho.

Si ahora me preguntáis, os diré que no soy capaz de teorizar sobre la felicidad, ni es la intención de este texto a “varias voces”. No tengo suficiente léxico para las grandes preguntas existenciales. Pero con este experimento he podido comprobar que todos tenemos recuerdos felices, de los más variados, en escenarios cotidianos, o no, y que pasados los años dichos recuerdos felices se convierten casi en estados mentales que emocionan y hacen sonreír. Quizá están ahí para ayudarnos a soportar todo lo demás.

A partir de julio 2016, los recuerdos felices aquí expuestos son características indivisibles de las personas que me los han regalado. Cuando piense en estas personas, o las vuelva a ver, sobre todo a las que están lejos en estos momentos, sus recuerdos serán más visibles que sus pecas o sus tics nerviosos. Ahora sabré qué atesoran, y qué les ha hecho felices, que es probablemente la mejor versión de nosotros mismos por muy fugaz que sea.

Gracias por colaborar conmigo en este ejercicio del Colectivo Detroit.

p.d: M. y M. me preguntan: ¿y tu momento feliz?

Fake School Bus Driver

Travelling inside the Falls


Y pienso en Canadá 2013 y no puedo elegir.

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En todos los libros de Svetlana Alexievich se emplea la misma técnica: se entrevista a una serie de personas que tienen una relación directa o colateral con un mismo suceso, ya sea el desastre de Chernóbil, la caída del comunismo soviético o la guerra de Afganistán. Sus obras son extensos reportajes sobre el "aftermath" de algunos de los capítulos más negros del siglo XX, crónicas de repercusiones perdidas que a veces se extienden durante décadas. Alexievich las llama "novelas a voces".

Hemos hecho una misma pregunta a una serie de personas. En mi caso les he pedido un recuerdo feliz, pero de distintos años. La pregunta es libre. Pero lo ideal es que sea la misma pregunta para todos los entrevistados, con inclusión de alguna variante (por ejemplo, la variante temporal, como en mi caso).

Esta semana hemos tenidos varias incorporaciones. Gracias y bienvenidas :) Recordad usar el hashtag #ColectivoDetroit y enlazarnos a Adri (@hadripv) y a mí (@garymused) para que no nos perdamos ni una colaboración.


En los próximos días iremos anunciando algunas cosas interesantes ;) Por el momento, visitad el ejercicio de Adri en Billete de cercanías. 

Y ahora, las instrucciones habituales de participación:

1. Leer el “enunciado” del ejercicio (en negrita, más arriba).
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente.
3. Escribir lo que te sugiera.
4. Publícalo en tu espacio.
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo.