lunes, 20 de febrero de 2017

mis tacones

Mis sobrinas mayores casi destrozan mis primeros zapatos de tacón. Por eso los escondí en el altillo de mi armario, como recuerdo de que a los tres años y medio llevé unos salones negros con tira al tobillo con el disfraz de cabaretera.  No fueron una imposición porque al igual que el disfraz rojo, que tantas han reutilizado años más tarde, los elegí yo. Mi afición por el color rojo y las ceremonias relacionadas con la vestimenta vienen de lejos.

En treinta años he tenido tiempo para comprarme diversos zapatos de tacón. Pero no han sido muchos, y jamás he tenido un par de stiletto. Me cansé muy pronto de llevar un par de bailarinas o unas zapatillas en el bolso para cuando salía de fiesta y ya no aguantaba más llevar tacones. Es absurdo cargar con unos zapatos de recambio, y las bailarinas son el tipo de zapato más horrendo que te puedes poner con un pie ancho como el mío –aunque por desgracia he llevado muchas, porque estaban muy de moda cuando tenía veinte años y encima eran la opción más barata. La verdad, si te duelen los pies, el único descanso posible es ponerse unas zapatillas de estar por casa o ir descalza. Lo que me recuerda que me he descalzado muchas veces en el portal y no por evitar hacer ruido. Una no se pone tacones por la comodidad, y como yo creo en la necesaria existencia de la ropa de plancha, no voy a criminalizar este tipo de calzado aunque lo use poco: son muy bonitos, y sentirme más alta es una grata sensación. Los evito porque voy a caminando a todas partes y no me gusta caminar despacio, fijándome todo el tiempo dónde piso (aunque tengo que confesar que siempre me he caído con zapato plano), repitiendo mentalmente lo de “talón, punta, talón, punta, talón, punta”. Ese ejercicio que llamamos “hacer pasillos”.

Estos últimos días mucho se habla de los tacones rojos que Dani Rovira se puso en los Goya para así poder hacer muchos comentarios tontos, el más supino de todos, que lo hacía para sentirse en nuestros zapatos, por solidaridad. Me acordé de la letra de la canción de Depeche Mode, Walking in my shoes. De haber sido esa la intención real, tendría que haberse cambiado de zapatos en cada intervención. A mí me van más las botas de media caña. A mi sobrinas, las zapatillas. A mi vecina del primero sólo la verás en zapatillas de estar por casa.

Si lo que Rovira pretendía era ponerse en nuestro lugar, sentir lo que se siente a diario en nuestra piel, debería haber probado lo siguiente:

1) Dirigirse al público sin micro, mientras muchos ya cotillean entre sí sin prestarle la mínima atención.

2) Tener que soportar que todos los colegas con los que interactúe esa noche hagan una referencia a su cara bonita o sus atributos físicos.

3) Que le pregunten cuándo se casa, para cuándo los niños, o si es cierto el rumor de que sale con X. Que no le pregunten nada sobre qué se siente presentando los Goya o trabajando con X.

4) Tener que aguantar que por el pinganillo no solo le den las instrucciones pertinentes, sino que además le expliquen cosas innecesarias, como qué es una actriz de reparto.

5) Que todos a los que entreviste le interrumpan y se vayan de la cuestión, y en directo le pregunten por el estado marital, o hagan referencia a su cara bonita. Sí, otra vez.

6) Que en todas las revistas pongan a parir su elección de vestuario y calzado, porque fíjate, esos zapatos rojos le sientan como el culo y ese traje le hace gordo (esto no lo digo yo, que quede claro). Porque es que se afea y se viste en su contra (ojalá aquí pudiéramos conjurar el espíritu de Susan Sontag).

Sin embargo, hasta en las críticas sus detractores tienen la decencia de hablar con propiedad: no eran los zapatos, sino el juego peligroso de presentarte aliado del movimiento feminista y hacerle un flaco favor.

Los zapatos de tacón no son importantes. Las mujeres podemos decidir no llevarlos, incluso en una alfombra roja, como tantas veces ha hecho Kristen Stewart.

Puedo decidir no llevar tacones ni maquillarme. En el día a día, cuando salgo de fiesta, cuando tengo un evento. O sí. Llevarlos. Pintarme un smoky eye. Ojalá más decidieran presentarse en la alfombra tal cual van a comprar el pan. Las criticarán, y mucho, quizá hasta se ensañen. De eso también va lo de ser mujer. 

Me podéis llamar una lipstick feminist, porque todas las frivolidades femeninas que se relacionan con imposiciones patriarcales me van mucho. Aunque no creo que estos objetos materiales, estos actos estéticos, son los que me empoderan. He sido presumida desde siempre. Y también me encanta ir despeinada. Y también he invertido en perfume caro hasta cuando era estudiante. Por la misma razón que me abotono hasta el último botón de la camisa y me pongo esas minifaldas que siempre muestran las bragas cuando me agacho en la librería.

Lo que no hizo Dani Rovira es reclamar su derecho a llevar tacones porque le apetecía. No por solidaridad, ni reivindicación fallida, sino por frivolidad, por gusto. Igual que pasa con el maquillaje y las faldas. Me pirra el look tomboy. ¿Acaso no hay hombres a los que les gusta el maquillaje y toda nuestra parafernalia? Si quieren contribuir en la destrucción de los constructos sobre la imagen de cada “sexo”, ahí tenía una vía: «Señores, estos zapatos me los he puesto porque me encantan, porque me veo divino».

Necesitamos vuestra ayuda, y vuestra predisposición, hermanos feministas. Pero no podéis LIDERAR en mayúscula esta lucha. Si de verdad hubiera querido ayudarnos, hacer un bello gesto por nosotras, el señor Rovira tendría que haber cedido públicamente su protagonismo/puesto a una mujer. O haber recortado su guión para cedernos el micro tantas ocasiones como hubiera sido posible.

El silencio que nos han impuesto con violencia solo puede verse recompensando con la equidad. Y en todos estos años que todavía nos esperan hasta la Igualdad, lo primero que deben aprender ellos no es a abrir la boca para que les escuchen otra vez mientras se autoproclaman feministas. Deben actuar y aprender a ceder el sitio, el foco, el protagonismo, el liderazgo.

Que tengáis una buena semana, camaradas.

Pensar en mis primeros tacones me recordó esta foto. Espero que a C no le importe.

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