sábado, 11 de marzo de 2017

sangrar es mi arte

Si hay una artista que todavía recuerdo con total fascinación de la época Fotolog, esa es Cerdaka. Nunca supe su nombre real; la memoria me falla y he olvidado de dónde era, pero fue de las pocas cuentas que seguía con interés cercano a la devoción. Cerdaka fotografiaba compresas manchadas, tampones usados, la sangre en el interior de un váter.

Sublime.

Sé que muchos pueden sentir asco (figurado) al leer a lo que se dedicaba la irreverente Cerdaka. Pero para mí era una artista realista, tan válida y fiel al mundo como quien captura paisajes recónditos o abrazos prohibidos, porque lo que pasa ahí abajo en ciclos de veintiocho días, le pasa a la mitad de la población de la Tierra, y todo lo relacionado con la experiencia colectiva siempre me ha interesado. 

Mi primera regla fue más bien una Anunciación: mi madre lo supo antes que yo. Era una mañana de sábado y todavía tenía la costumbre de dormir con las persianas totalmente bajadas. Entró en mi habitación con mi sobrina de dos años en brazos. Era agosto y llevaba un camisón fino que siempre acababa enrollado por debajo de las axilas. Ella vio primero aquella mancha circular, casi granate, en las bragas: «Uy, te ha bajado la regla». No cabía duda.

Aquella primera regla podríamos decir que se ha convertido en un tema recurrente, ya he perdido la cuenta de las bragas que he manchado, y sigo sin enterarme de cuándo me tiene que venir, pues no se digna en avisar con ningún tipo de molestia hasta que ya es demasiado tarde y noto el primer ¡plof! Quizá porque es tan puntual y periódica tiendo a olvidarme de ella. Bueno, quizá hay algún pinchazo previo, pero tengo que estar concentrada para percibirlo. No tengo queja, me representa porque cumple uno de mis atributos preferidos: es práctica. 

Viene y se va tres o cuatro días más tarde, sin agresiones importantes. En alguna ocasión quizá me doblaría hasta fundirme con mis muslos. Pero de normal prescindo de fármacos, y jamás me ha dejado tirada o impedida.

Sin embargo, yo también pasé por ese periodo de negación tras haber tenido las tres o cuatro primeras reglas. Es un momento de absoluto fastidio y enervación. ¿En serio que tengo que sangrar todos los meses? No te consuela que le den bombo o platillo a lo de ¡ya eres mujer! ¡Felicidades! Solo deseas con todas tus fuerzas que sea una broma. Todo ese confeti moral, esos bailes estúpidos de los anuncios de compresas (menos anuncios y menos IVA también, por favor), «hola, soy tu Menstruación», como si fuera necesario usar márketing agresivo en algo que para nosotras es de primera necesidad. Qué cruz más grande, que alguien detenga esto. Lo veo ahora en J. que acaba de estrenarse. Durante un tiempo pareces resignarte, qué otra cosa puedes hacer. Luego ya entiendes que es tu cuerpo, que eres un ser vivo (¡viva!), y que si no sangrara ahora mismo solamente significaría que me estoy hormonando de forma salvaje.

La regla es mi secreción más tabú. O eso parece pensar esta sociedad. Verán, una mujer mea, caga, moquea, esputa, y sangra. Y lo de sangrar es lo que mejor se le da. Aunque sangrar en esta sociedad patriarcal en que ciertas cosas naturales siguen siendo tabú y conjuran tal rechazo es una arte.

Sangro mientras nos dices a S. y a mí que, por favor, si eso no hablemos de la menopausia antes de la hora de comer. Sangro con disimulo mientras todos los niños se ríen de C. porque ha manchado la silla del pupitre. C. que arreaba unos tortazos que daban gusto, así que luego ya no se mofaron tanto. Sangro haciendo plof, plof, plof silencioso mientras me encargas un libro, o pago en el supermercado, o veo una película, o entreno en la elíptica, o me tiro al mar en la playa de Chernóbil, que está justo al lado de mi casa.

A veces, sangro tan diluido que parece que mi regla haya perdido la opacidad. A veces, expulso coágulos tan espesos que hacemos un Pollock en el suelo de la ducha. A veces, el olor a óxido cuando me levanto por la mañana es del todo perceptible. A veces, mi compañero de almacén aparta la vista porque me paseo de mi bolso al baño con una compresa en la mano. Siempre llevo compresas y tampones desperdigados por el bolso, y a veces, se me han caído intentado sacar las llaves. A veces, no, siempre, me entristece que S. me tenga que pedir una compresa a susurros, como si fuera un canuto o una pastilla de éxtasis. O que resulte casi un contrabando prestar una o que me la presten, que no se enteren  que somos animales que sangran. Eso sí, luego cualquiera te grita por la calle que si tienes un piti.

Y me pregunto por qué vamos a ocultarnos. Quizá debería preguntárselo a Marina Abramovic, que en múltiples ocasiones ha utilizado sangre para alguna instalación. Con eso y con la afición que siente por el dolor, ya os lo podéis imaginar, hay quien la considera satanista y se inventa titulares de auténtica risa.

No siento ningún tipo de repulsión por ver sangre, veo la propia todos los meses. No me da asco mi propia regla, aunque sí, si manchas hay que frotar. Asco me da la grasa de una sopa de caldo de pollo y ternera bien espesita en una fiambrera por lavar. Asco me dan ciertos olores profundos, que salen de cuerpos ajenos, porque el estímulo me provoca sensaciones desagradables en el estómago y las fosas nasales, y aunque me recuerde que son procesos igualmente orgánicos, el asco se vuelve acto reflejo.

No me da asco mi regla, ni me siento asquerosa, ni me siento en ventaja o desventaja. Pero sí que siento gran curiosidad por saber cómo la pasan las demás. Y por si creen que los cambios de humor son justificados y en qué lo notan. Porque yo nunca he sentido nada durante esos días que no haya podido sentir quince días más tarde. Y lo mismo las molestias, no suelen ser nada más especial que tener la mala pata de levantarse un día contracturada de las cervicales. Me levanto peor los días que me pega fuerte la alergia.

Así que por favor, contadme sobre vuestro sangrado, hagamos que esta semana que tanto van a querernos celebrar se hable de un tema que tanto tiempo nos ocupa en nuestras vidas.

"See you" next Monday. Gracias por vuestra atención. 

p.d: Noelia también ha escrito una entrada sobre este tema. ¡Gracias! Si alguien más se une, que me pase el enlace, y lo pondremos aquí ;)

3 comentarios:

  1. Envidia de la grande. Mi regla desde el principio fue muy irregular. Luego se unió ser muy dolorosa. Las hormonas la suavizaron (agradezco al cielo las hormonas sintéticas, y sé que con esto quedaré muy mal delante de mucha gente). Desde hace unos meses, gracias a mi trabajo personal con mi cuerpo y mi mente, mi aceptación a mi feminidad (con ésto habrá otro sector que me mire como loca o me critique), mis reglas son regulares por sí solas. Un poco dolorosas aún, pero cada mes menos. A mí la sangre me da asco de toda la vida de Dios, y aquí me veis, encantada con la copa menstrual desde hace cuatro años y sin asco de mi sangre, que, como bien dices, representa que estoy viva. Me fastidiaba saber que tendría la regla años, aún sin querer tener hijos. Ahora el ciclo, que a diferencia de ti siento en dolor, enfado, tristeza, expansividad, necesidad de retiro cada mes; me supone ser yo y reconocerme en él. Aceptar que ser mujer implica muchas cosas y que la regla no es una de las malas.
    Sobre el tabú que supone, ya no susurro. Si me preguntan por mi mala cara digo: que me duelen tanto los ovarios que si me los arrancas y pisoteas te lo agradezco, hablo de la menstruación con normalidad, como del sexo, como de ir a terapia, como de otras cosas que me niego a perpetuar como tabúes y más si salen de la boca (o el coño) de una mujer. Por eso me da pena que mis sobrinas sigan queriendo ocultarse y se avergüencen de tener la regla, porque no deja de ser que la sociedad les enseña a avergonzarse de ser mujer. Y no.

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    1. Ya verás como al final tus sobrinas tiran para ti. Las tías estamos ahí para algo ;) Hasta en los clanes de chimpancés.

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  2. Pues yo sigo siendo la reina de los cuajarones, me ha hecho mucha ilusión el artículo.
    Si quieres, nos vemos en instagram...
    Cerdaka.

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